sábado, 7 de diciembre de 2013

Días 7 y 8: The shadows of the future

Hay días en que las palabras salen a borbotones. Esos días, el escritor se olvida de la necesidad de dormir, se desconecta por completo del mundo, todas las actividades que no sean escribir se convierten en nimiedades. El universo entero lo componen el escritor y el texto; todo lo demás simplemente deja de existir. 

Son días como esos los que construyen obras maestras, los que cambian el rumbo de la historia. El oficio del escritor es muy difícil y aún más ingrato. Uno se pasa la vida entera entrenándose de mil formas para ese gran día. Uno experimenta, escribe prototextos, lee, lee, sigue leyendo, escribe otros prototextos y lee aún más. Uno busca siempre tener experiencias que merezcan ser narradas (o al menos ser la materia prima de lo narrado). Uno lo hace todo en función de estar preparado y no cagarse el ínfimo instante en que la musa lo mira a uno a los ojos. La vida del escritor es una constante y paciente espera por uno de aquellos días.

No importa si el escritor es James Joyce o un bloggero de medio pelo. Toda nuestra existencia consiste en esperar. Cuando llega el momento, todo lo que hay en el cosmos es el texto. El texto utiliza al escritor como vehículo; así como un gen utiliza a organismos enteros como vehículo de su replicación. Somos simples instrumentos, el texto anda por ahí, buscando una salida al mundo real. El texto se apodera del escritor y nace (y al ser usualmente humano el escritor, el parto es tan doloroso como todos los partos humanos). Muchos escritores han dejado constancia del mismo fenómeno: en uno de esos valiosos, y por ende escasos, días de iluminación, es casi como si el texto se escribiera solo.

Si uno supiera con certeza que, digamos, el 23 de marzo de 2014 a las 4:17 am llegará el momento para dar a luz a un nuevo texto, el oficio carecería de sentido; tal vez los Shakespeare y los Borges hubiesen pasado por el mundo de largo, impunes. Pero no es así. La incertidumbre, el no saber cuándo llegará uno de esos días es lo que hace que la literatura sea un oficio de todos los días y no un hobby de dos veces al año. Uno empieza a escribir esperando que a mitad del prototexto la iluminación llegue, que el texto se fije en uno y lo use a uno, escritor insignificante, simple herramienta; uno espera que el texto quiera nacer a través del propio ser.

Pienso que es la incertidumbre lo que construye el arte y el oficio del escritor; ya sea del profesional o del simple aficionado como yo. En ese orden de ideas y con la importancia absoluta de la incertidumbre...

The shadows of the future must be long. 

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