Ahora esas palabras bonitas ya no las quiero
Que me escribas cosas bonitas, ya no
Escríbeme en tu recuerdo, en mí ya pasó el tiempo
No soy inmune al tiempo. De cierto modo nadie lo es; lo que me hace especial es que el tiempo se ha ensañado en una vendetta personal en contra mía. No recuerdo haberle hecho nada al tiempo para merecer toda su ira. Cierro los ojos y, al abrirlos, me encuentro cinco años en el futuro, recibiendo un diploma que ya me habían dado. Cinco años de cambio feliz, de evolución, los anuló el tiempo. Los vuelvo a cerrar y al completar el ciclo que llaman parpadear, me encuentro a mí mismo el 26 de diciembre de 2012, el día de mi propio apocalipsis. El tiempo juega a su antojo con mi humanidad.
Hace un año todo lo demás me pareció intrascendente.
Gasté casi dos horas y media releyendo toda la tragedia, desde el principio y hasta el punto final (en todo el significado de la expresión), narrada por sus protagonistas. ¿A quién le agrada protagonizar tragedias?
El tiempo lo cura todo, le dicen a los desesperados. Aquél despreciable cliché no es más que una migaja de esperanza no menos insignificante que los cincuenta pesos para el mendigo de turno. Lo cierto es que cualquier promesa hecha por o con el tiempo no es más que miseria. El tiempo nunca cumple, nunca cura, nunca nada. Al tiempo no le importa uno.
Miro la página del libro donde escribí una dedicatoria salida desde el alma y sin escalas y hoy, un año después, quisiera tacharla, arrancarla, desaparecerla y olvidar que siquiera existió. Pero no puedo. Tal vez el otro año. Tal vez Sabina tenía razón y para aprender a olvidar se necesitan diecinueve días y quinientas noches. Esta noche completo trescientas sesenta y algo.
Hoy el tiempo me ha vuelto a traicionar.
Tanto la quería
que tardé en aprender
a olvidarla
diecinueve días y
quinientas noches.
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