Como muchas de las entradas en este blog, no sé de qué manera arrancar a desarrollar mi idea, así que lo haré de la forma facilista: a lo animal.
Nuestro egocentrismo es impresionante, algunos seres humanos tienen incluso el atrevimiento de asegurar que ellos son los poseedores de la verdad absoluta, revelada por gracia de alguna deidad imaginaria, como si ellos fueran menos insignificantes que otros humanos y por ello fueran merecedores de la verdad última, otorgada por los mismos creadores del todo. El asunto con las interpretaciones personales de la realidad empírica (o aquella a la que nos hemos visto enfrentados directamente) es que tienen latente la aspiración de convertirse en verdades universales. Casi como si la opinión propia fuera inmutable.
Estamos hechos todos, me refiero a todos los cuerpos con masa, de partículas sujetas a las leyes (esta vez sí inmutables) de la física cuántica. A nivel cuántico las cosas van muy diferente. Fluctuaciones de vacío, aparición y desaparición espontánea de fotones, teletransportación y emparejamiento de partículas, entre otras cosas, me hacen pensar en una invalidez casi completa del grueso de experiencias y vivencias propias al que nos atrevemos a llamar realidad.
Quiero solo citar dos ejemplos: 1) el cuerpo humano, toda la esencia, los defectos, las virtudes, la memoria, los sentimientos y la complejidad intrínseca de nuestra naturaleza es 99,999999999% espacio vacío (sin exagerar, al contrario, ahorrando cifras decimales); 2) El color es solo un mecanismo que tiene el cerebro animal para saber qué ondas de luz irradian más energía, toda vez que algo solo tiene color cuando está expuesto a la luz.
Ahora, sabemos que toda la materia de la que estamos hechos (salvo el hidrógeno) se creó en el corazón de las estrellas. Reacciones termonucleares en cuerpos increíblemente masivos generaron todos los elementos que componen la macroestructura de la materia. Dentro de unos cuatro o cinco mil millones de años nuestra propia estrella va a explotar, engullir la Tierra y con ella, muy probablemente también los átomos que conforman lo que soy, al menos materialmente. Luego, puede que en otros miles de millones de años, nazca una nueva estrella con planetas y todos esos átomos vuelvan a crear otro organismo vivo, tal vez inteligente. Ese sería un gran avance para mis átomos, pero mi esencia, yo mismo ya habré dejado de existir mucho tiempo atrás. La conciencia, la "esencia" es solo una ilusión.
Dentro de cinco mil millones de años poco importará si hoy me levanté media hora más tarde de lo habitual o si dije algo que pudo herir a una persona. El universo raya en los límites de lo infinito y lo eterno. Como humanos aún no nos hemos dado cuenta de lo insignificantes que nuestros actos han sido, son y serán. Al fin y al cabo, si todo sale según lo planeado (ejem, ejem), el universo entero morirá congelado.
Todo lo que existe en este universo es también el universo en sí. Al ser humano le gusta verse desconectado, tener su lugar especial, privilegiado. Pero si uno lo piensa bien, nuestra especie, todos nosotros estamos hechos de materia estelar y estamos sujetos a las leyes universales de la cuántica. Nosotros somos el universo.
Como decía Carl Sagan, somos la forma que tiene el universo para contemplarse y conocerse a sí mismo.
Así que, después de todo, sí existe una motivación válida para vivir, mi excusa favorita para no extraviarme en el inmenso vacío cuántico que soy, que somos, que nos rodea y nos engulle. Somos el universo. La contemplación y el disfrute de las experiencias, la adquisición de conocimiento, el intercambio de ideas, la imaginación, el amor desinteresado a todos y a todo del que hablan los hinduistas. Estas son las formas de ir desvelando poco a poco los misterios del universo y de nosotros mismos.
Y todo lo demás... Bueno, no importa mucho, la verdad.
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