domingo, 1 de diciembre de 2013

Día 2: La Huesuda

Ayer murió Paul Walker. Todo el mundo sabe quién fue Paul Walker, así que considero innecesario perder tiempo en aclaraciones. Pero... momento, ya estoy perdiendo tiempo aclarando que no quiero perder tiempo en aclaraciones. Y puedo seguir así toda la noche, pero esta no es la idea de hoy. Tal vez mañana sí lo haga.

Vuelvo al tema. La muerte más bien repentina de uno de estos personajes lo hacen a uno reflexionar, sin duda. ¿Será que mi muerte será igual de imprevista? ¿Será que uno de estos días voy a salir a comprarme un Marlboro (cosa que ya es de hecho tentar a la huesuda) y, sin que me lo espere, un piano o un elefante me aplastará sin contemplaciones? ¿Será que mi automóvil terminará contra un poste luego de perder agarre en una carretera jabonosa, todo ello mientras me salgo de un evento de caridad?

Uno piensa que los actores y los músicos nunca van a morir. Uno incluso se convence de que sus escritores preferidos aún están vivos, aunque ellos hayan pertenecido a otros tiempos, incluso aunque sean Faulkner, Tolstoi y Juan, el evangelista que vio berrear a Jesucristo (no son ellos mis escritores preferidos... y vuelvo a perder el tiempo en aclaraciones).  Y uno ni siquiera piensa en la posibilidad de que la muerte se lo lleve a uno de forma imprevista.

Alguna vez una compañera de la carrera, mientras hablábamos sobre la posibilidad de morir atropellados, anotó con gran convencimiento, y cito: "Si a mí me van a atropellar, que me atropelle un BM(W) porque qué boleta que a uno lo mate un pichirilo". Y aquí vuelvo a Paul Walker. Según la lógica de mi compañera, la suya fue una buena muerte; el tipo quedo reducido a ochenta kilos de tripas y óxido dentro de un costoso deportivo.

Morir es también algo cotidiano. Uno solo muere una vez (excepto los cajeros, ellos mueren todos los días cuando se abren las puertas del banco), pero la gente se muere todos los días; ya sea la vecina anciana y mala gente o el actor que hasta el tío de la perra conoce. Hace parte del día a día. Tal vez es por ello por lo que uno ni siquiera pierde tiempo pensando en esa posibilidad, de todas formas el tiempo es oro y blablablá.

Ojalá y cuando me llegue el turno de colgar las botas, la huesuda llegue avisando. Y si no llega avisando, que al menos no llegue borracha y manejando un pichirilo.

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