sábado, 28 de diciembre de 2013

Días 29 y 30: Las luces de navidad

En una conversación que sostuve hace apenas unas horas, surgió el tema de este blog. Básicamente este espacio en la blogosfera no es más que una piedra de amolar. Llego aquí todos los días para afilar las espadas del texto. No practico mi narrativa ni mi supuesto talento para crear historias (bien enfatizado el "supuesto"), solo hilo frases, practico la composición de párrafos y escribo sobre lo primero que me viene a la mente. Un sparring nada formal. 

Ya casi completo un mes. Una vez le escuché a alguien que cualquier actividad repetida por veintiún días consecutivos se convierte en hábito. No estoy seguro de la exactitud de la cifra, pero la idea es muy clara. El verdadero valor no está en hilar palabras de forma más o menos coherente (para eso tengo cuenta en Twitter), sino en perderle el miedo a la hoja en blanco, al cursor que en cada parpadeo juzga la falta de valentía del aspirante a escritor. Llevo casi un mes enfrentándome a un ejército de hojas en blanco. 

Volviendo al tema de la conversación, a mi interlocutora (cómo me gusta esa palabra) le repetí el discurso de los dos primeros párrafos —discurso que ya me sé de memoria, por cierto— y, poniendo como ejemplo para ilustrar lo aleatorio de mis temas, planteé el escribir hoy sobre las luces de navidad. Lo hice, por obvias razones, como un reductio ad absurdum, pero no puedo negar que la idea me quedó retumbando en el coco.

¿Qué tengo que decir sobre las luces de navidad? Me gustan; son lo único que me gusta de estas atroces festividades (bueno, un poco también la cercanía familiar). Puede que aún quede algo dentro de mí del niño que alguna vez fui y ahora veo tan hundido entre las arenas del tiempo. De alguna manera, me parecería interesante una suerte de revolución cultural que, por medios y modos aún ignotos, logre que el carnaval de coloridas luces nocturnas deje de ser propiedad exclusiva del mes de diciembre. No descarto el que esta fascinación por el alumbrado no habitual sea precisamente eso, una habituación a la inversa. Pero esa es solo una hipótesis. 

Divago mucho, lo sé. Aunque, al fin y al cabo, ese es precisamente el propósito de este blog. 

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