Hoy me enfrento de nuevo al no saber qué escribir aquí y eso es motivo de intensa alegría (tengo, por el contrario, un buen germen de argumento en el que ya empecé a trabajar para En Fuera de Lugar). Como ya he recalcado hasta la nausea, este blog tiene como objeto el enseñarme a escribir. Una de las lecciones más duras de aprender es la de no dejarse apabullar por la falta de ideas o la aparente imposibilidad de llevar a buen término una idea con potencial. Hace dos días, después de una atroz sarta de incongruencias, sentencié en una frase el leit motiv de este proyecto: Valentía es no dejar de teclear.
Bajo esa lógica, es alegre el no saber qué escribir. Además, ahora que me doy cuenta, ya escribí un párrafo y una oración sin tener idea de qué estoy haciendo. Así que seguiré.
En una clase que comparto como estudiante con quien fuera otrora profesor de una materia que perdí el año pasado tuve un recuerdo bonito. Recién había obtenido mi primer reconocimiento literario y había sido seleccionado entre los semifinalistas del VI CNC. En esos bellos tiempos pensaba que era un buen escritor (qué equivocado) y creía que toda situación era susceptible de ser llevada a la literatura. Y puede que sí, pero no cualquiera puede ejecutar tales proezas. Yo estoy muy lejos de ser el Rey Midas, mis textos surgen de lo bajo, de las canecas, y no muchos logran alejarse de su condición inicial. Pero en esos tiempos yo pensaba otra cosa. Bueno, retomo el hilo. Los motivos por los cuales un comentario al azar del otrora profesor me hicieron entrar en ese frenesí de memorias y los motivos por los cuales escribí lo que postearé a continuación no son materia del blog (o puede que sí, pero me canso).
Dejo aquí el primer párrafo de una venganza literaria que jamás terminé de perpetrar. Y si, por casualidad, llega a leer esto el mencionado profesor, sepa él que mi desbordado rencor es cosa pretérita.
Pocas veces es apropiado afirmar que un silencio sepulcral invade los pasillos de un Centro de Crecimiento. Nunca hay silencio en un lugar atestado de niños, a la vez que la presencia de un asesino en uno de estos centros es menos que impensable. Sin embargo, la aparición (¿o formación?) de un homicida que entra en acción y la consecuente estupefacción de los infantes al ver su primer muerto, son situaciones capaces de hacer conveniente hasta la más impertinente de las figuras. De forma que esta vez, por más absurdo que suene, se podía estar doblemente seguro de que la figura del «silencio sepulcral» era adecuada y fiel a lo que se vivía en todo el Centro de Crecimiento. Un tutor había sido asesinado y el silencio era su tumba.
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