Nuevo texto. Me gustó, ya me hacían falta las herejías. Aquí el link http://fitopez.blogspot.com/2013/12/el-dios-en-una-tostada.html
lunes, 30 de diciembre de 2013
sábado, 28 de diciembre de 2013
Días 29 y 30: Las luces de navidad
En una conversación que sostuve hace apenas unas horas, surgió el tema de este blog. Básicamente este espacio en la blogosfera no es más que una piedra de amolar. Llego aquí todos los días para afilar las espadas del texto. No practico mi narrativa ni mi supuesto talento para crear historias (bien enfatizado el "supuesto"), solo hilo frases, practico la composición de párrafos y escribo sobre lo primero que me viene a la mente. Un sparring nada formal.
Ya casi completo un mes. Una vez le escuché a alguien que cualquier actividad repetida por veintiún días consecutivos se convierte en hábito. No estoy seguro de la exactitud de la cifra, pero la idea es muy clara. El verdadero valor no está en hilar palabras de forma más o menos coherente (para eso tengo cuenta en Twitter), sino en perderle el miedo a la hoja en blanco, al cursor que en cada parpadeo juzga la falta de valentía del aspirante a escritor. Llevo casi un mes enfrentándome a un ejército de hojas en blanco.
Volviendo al tema de la conversación, a mi interlocutora (cómo me gusta esa palabra) le repetí el discurso de los dos primeros párrafos —discurso que ya me sé de memoria, por cierto— y, poniendo como ejemplo para ilustrar lo aleatorio de mis temas, planteé el escribir hoy sobre las luces de navidad. Lo hice, por obvias razones, como un reductio ad absurdum, pero no puedo negar que la idea me quedó retumbando en el coco.
¿Qué tengo que decir sobre las luces de navidad? Me gustan; son lo único que me gusta de estas atroces festividades (bueno, un poco también la cercanía familiar). Puede que aún quede algo dentro de mí del niño que alguna vez fui y ahora veo tan hundido entre las arenas del tiempo. De alguna manera, me parecería interesante una suerte de revolución cultural que, por medios y modos aún ignotos, logre que el carnaval de coloridas luces nocturnas deje de ser propiedad exclusiva del mes de diciembre. No descarto el que esta fascinación por el alumbrado no habitual sea precisamente eso, una habituación a la inversa. Pero esa es solo una hipótesis.
Divago mucho, lo sé. Aunque, al fin y al cabo, ese es precisamente el propósito de este blog.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Día 28: Primer día
Me levantaré; bueno, me caeré de la cama. De mala gana, cómo no señores, cómo no. Bajaré las escaleras, sí, eso es. Encontraré la forma de bajar. Me tomaré un café y leeré el diario. Nunca leo los diarios, pero hoy ya soy un hombre adulto; se supone que los adultos leen los diarios. Beberé otra taza por si acaso, de sobremesa para el diario o lo que sea. Es una excusa. Beberé una excusa en realidad.
Pasaré un peine por mi cabello, cosa que no he hecho en diez siglos o más. Cuidaré que ningún abyecto cabello roto caiga sobre el cuello almidonado ni se cole entre las rayas de mi corbata nueva. Muy elegante debo estar en mi primer día de tipo adulto. Cientos de ojos de hienas hambrientas se posarán sobre mí, sobre su presa. Mejor verme bien y abrirles el apetito un poco por la vista. Hoy usaré un abrigo, hace frío afuera.
Me pondré cien microgramos bajo la lengua y voilà, ¡listo para enfrentarme a la realidad!
jueves, 26 de diciembre de 2013
Día 27: Tachar la página
Ahora esas palabras bonitas ya no las quiero
Que me escribas cosas bonitas, ya no
Escríbeme en tu recuerdo, en mí ya pasó el tiempo
No soy inmune al tiempo. De cierto modo nadie lo es; lo que me hace especial es que el tiempo se ha ensañado en una vendetta personal en contra mía. No recuerdo haberle hecho nada al tiempo para merecer toda su ira. Cierro los ojos y, al abrirlos, me encuentro cinco años en el futuro, recibiendo un diploma que ya me habían dado. Cinco años de cambio feliz, de evolución, los anuló el tiempo. Los vuelvo a cerrar y al completar el ciclo que llaman parpadear, me encuentro a mí mismo el 26 de diciembre de 2012, el día de mi propio apocalipsis. El tiempo juega a su antojo con mi humanidad.
Hace un año todo lo demás me pareció intrascendente.
Gasté casi dos horas y media releyendo toda la tragedia, desde el principio y hasta el punto final (en todo el significado de la expresión), narrada por sus protagonistas. ¿A quién le agrada protagonizar tragedias?
El tiempo lo cura todo, le dicen a los desesperados. Aquél despreciable cliché no es más que una migaja de esperanza no menos insignificante que los cincuenta pesos para el mendigo de turno. Lo cierto es que cualquier promesa hecha por o con el tiempo no es más que miseria. El tiempo nunca cumple, nunca cura, nunca nada. Al tiempo no le importa uno.
Miro la página del libro donde escribí una dedicatoria salida desde el alma y sin escalas y hoy, un año después, quisiera tacharla, arrancarla, desaparecerla y olvidar que siquiera existió. Pero no puedo. Tal vez el otro año. Tal vez Sabina tenía razón y para aprender a olvidar se necesitan diecinueve días y quinientas noches. Esta noche completo trescientas sesenta y algo.
Hoy el tiempo me ha vuelto a traicionar.
Tanto la quería
que tardé en aprender
a olvidarla
diecinueve días y
quinientas noches.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Día 26: En el país de los zoquetes
Todos los 25 de diciembre, Colombia se hace un país un poco más atroz que de costumbre. Como si no fuera ya bastante ofensa tener que vivir en un platanal que se jacta de lo "bonito" de la gente, aunque en realidad la gente es lo que tiene jodido a este paraíso tropical; que se enorgullece de unos recursos naturales que está destruyendo sin compasión; que endiosa a un recién fallecido, periquero machista y mal cantante; tenemos que mamarnos también los estrenos infaltables de esas aberraciones audiovisuales que el señor Dago García se atreve a denominar películas.
No hay que ser crítico de cine, ni siquiera saber mucho de cine, para saber que las de Dago García son producciones basura. No quiero comparar a leyendas como Kubrick o Welles con El Rey del Cliché, sería una ofensa para los grandes; sería comparar el caviar con esos huevos que quedan dentro de la gallina cuando la matan y que ciertas personas se tragan cual si fueran... bueno, caviar.
En entornos profesionales de producción y crítica audiovisual (digamos, Hollywood o Cannes), gente como Dago García -y también su homólogo, Harold Trompetero- tendría que salir a la calle y mendigar un buen argumento, mono, de caridad. Salvo La Pena Máxima, una lista de sus producciones cinematográficas es también una lista de argumentos en su contra. No me voy a desgastar enumerando sus fallas tanto en asuntos técnicos como en la construcción de historias y personajes; solo soy una persona que ha visto las producciones del señor García haciendo pleno uso de sus facultades cognitivas. No se necesita más que eso para encontrar películas como El Paseo (y sus secuelas) o El Carro altamente repulsivas.
Me pregunto, ¿cómo es que un tipo que hace tan terribles películas ha triunfado de forma tan rimbombante en la industria cinematográfica nacional? Y la verdad es que no sé, solo se me ocurre una respuesta, pero me niego a aceptarla; es demasiado facilista, demasiado repetida en demasiados contextos, casi tanto como la palabra "demasiado" en este párrafo. Pero al no ocurrírseme otra, tendré que aceptarla provisionalmente.
Y es que en el país de los zoquetes, hasta Dago García tiene éxito.
martes, 24 de diciembre de 2013
Día 25: Feliz Navidad, o lo que sea
Hannukah, Kwanza, Ramadán, Navidad o lo que sea. Feliz algo para usted, que leyó por accidente esta entrada de blog.
Ahora vaya y finja que es feliz, y sonría sinceramente cuando le regalen ese par de medias. Piense que su tía cincuentona no tiene ninguna obligación con usted y que si no fuera por ella, usted tendría que comprarse sus propios calcetines. Imagínese yendo un fin de semana cada tres meses a alguna insufrible tienda a escoger medias para usted mismo (como si existiera algo más deprimente que eso) y dese cuenta del gran servicio social que cumplen las tías que se las regalan. Abrácelas fuerte, deséeles larga vida y mucho trabajo, mucho dinero, para que todos los 24 de diciembre a media noche le renueven su abastecimiento de medias.
No espere que un familiar lejano le regale el iPad que lleva todo el año morboseando en la página de Apple; eso no va a suceder. ¿O usted le regalaría a su primito pequeño que tanto odia un Xbox One?
Las medias del 24 son todo el amor que usted necesita de su familia lejana. Todo lo demás viene por añadidura, cualquier monedita es cariño.
Si usted no es feliz en este momento, no le dañe el rato a sus familiares; seguro que no todos ellos están radiantes de la dicha, seguro que a alguno le fastidia su presencia. Pero al menos sonría un poco, no pierde nada. Puede que así asegure su necesaria provisión de medias en la próxima navidad. Sea estratega, piense en el futuro.
Y de nuevo, a usted que se topó accidentalmente con esta entrada de blog, le deseo un Feliz Loquesea.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Día 24: Una odisea del espacio
Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.
Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo.
Pero, cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que denominamos el Sol. Y muchos —quizá la mayoría— de esos soles lejanos tienen planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo... o infierno.
No tenemos medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran habitados y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos está millones de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aún para la próxima generación. Mas las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas.
Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio?
¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Mas recordad, por favor, que ésta es solo una obra de ficción.
La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.
Arthur C. Clarke
Colombo, Sri Lanka.
Días 20, 21, 22 y 23: Intercomunicaciones cuánticas
Alguien que lleve juiciosas cuentas notará que hoy es el día 24 del blog, pero hubo un salto cuántico que me transportó al día de ayer. Así que hoy es 22 de diciembre, día 23 del blog. En unas pocas horas, la integridad del espacio-tiempo se recuperará y tendré que escribir la entrada correspondiente al día de hoy.
Pero esta es solo una excusa para introducir el tema, hoy quiero hablar de Física Cuántica.
Hoy, mientras escuchaba una versión en reggae del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band leí una de esas notas de ciencia popular que tanto me gustan y de las que me alimento hasta estar al borde del sobrepeso. Hablaba sobre teletransportar luz por medio de enlaces cuánticos de partículas elementales. Dejo aquí el link para lecturas más profundas: http://www.livescience.com/13715-teleportation-schrodingers-cat-quantum-light.html
En alguna parte el artículo dice que tal vez nunca seremos capaces de teletransportar un ser humano y decir "Beam me up, Scotty" a lo Star Trek. Apenas leí esa sentencia pesimista se me vino a la mente un fragmento de "Perfiles del Futuro" del señor Arthur C. Clarke (la mente creativa detrás de 2001: A Space Odyssey) en la que condena con vehemencia toda clase de augurio pesimista sobre el futuro de la tecnología. Hace ochenta años nadie pensaba que el teletransportar luz fuera una posibilidad real; era a lo más, un delirio de alguno de esos escritores de pulp fictions del estilo Amazing Stories o Astounding que tanto idolatro.
Puede que con mucha inversión y ciencia se logre teletransportar a un Spock cualquiera de vuelta al puente de una Enterprise NCC-1701 cualquiera, pero en mi opinión, nunca será necesario hacerlo. Mucho más cercana está la tecnología necesaria para teletransportar información, ya sea por medio de apareamiento cuántico (aparear dos partículas separadas incluso por miles de años luz para que una acción sobre una genere la reacción correspondiente en la otra) o transportando la luz, como en el experimento descrito en el link.
Pero, ¿y el deseo aventurero, el explorar otros mundos, civilizaciones alienígenas, galaxias lejanas?
Durante toda nuestra ruta evolutiva hemos tenido pegados nuestros órganos sensoriales a nuestro órgano computacional (llámese cerebro). Esto nos ha hecho, de alguna manera, pensar que nuestro procesador de información debe estar presente en el lugar donde ocurre el fenómeno. Pero no creo que esto sea necesario en el futuro. Piense el lector en la sensación de realidad que se crea en una sala de cine 3D. Sin estar presente en el lugar de la grabación, uno llega a pensar que uno mismo es parte del escenario. Solo es necesario sofisticar los métodos y las formas para codificar la información y llevarlas al instante a nuestro cerebro. Podemos estar en algún mundo inhabitable de Andrómeda sin siquiera levantarnos de la cama. De ahí la importancia de la comunicación cuántica (obviando contactos alienígenas al instante que con nuestra actual tecnología tomarían miles de años en un simple "Hola, ¿cómo estás?").
Me excuso conmigo y con el hipotético lector por la forma tan atropellada en que desarrollé mi argumentación. Al pensar en todo esto por primera vez —y aún ahora cuando lo escribo— desbordo en entusiasmo. Esto es Ciencia Ficción de la pura y buena, mi terreno.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
Día 19: Temerle a los semáforos
Hoy salí del consultorio médico un tanto confundido; de hecho, muy confundido. Miré al cielo y vi, navegando entre un océano naranja, nubes de nítido violeta. Amables rayos de verde sol teñían los tejados de barro. Siempre me ha gustado detenerme a observar esa clase de espectáculos con que la vida moderna nos privilegia. Los cálidos tejados aguamarina exageran su estética al verlos contrastando el dorado y muerto concreto que impera en las ciudades. "Las doradas selvas de cemento", una de las frases más trilladas del siglo.
La función circense de contrastes solo fue interrumpida por el claxon de un taxi que me regresó al mundo real. ¡Cómo odio ese azul chillón de los taxis! A veces pienso que deberían pintarlos de otro color; grises como en México, rosados en un sobrio estilo inglés. Cualquier color, menos ese terrible azul.
Seguí caminando, ya no confundido, sino disfrutando de cada combinación de colores, cada difuminación, cada juego de luz y contraluz. Desde que salí del consultorio sentí que algo extraño estaba ocurriendo; hoy fue la primera vez en toda mi existencia que me dediqué con seria disciplina a contemplar los óleos con que está pintado el universo. Toda la estética del color me había pasado de largo hasta que la doctora hizo su diagnóstico. Dos palabras suyas fueron el germen del cual nació toda una revolución en mi forma de ver el mundo. —Eres daltónico —dijo.
Ya pasó la impresión de novedad, siento que me estoy habituando poco a poco a este nuevo mundo (que es básicamente el mismo de ayer, pero con los colores cambiados) y empiezo a pensar en las implicaciones. No deja de haber algo perturbador en todo esto. ¿Cuántas de mis percepciones estuvieron erradas en la base? ¿Cuántos de mis juicios fueron viciados por mis defectuosos órganos sensores? ¿Seré un preso incapaz de escapar de la tiranía de mis sentidos atrofiados?
Mi vida era normal, al menos lo fue hasta ayer. Hoy... hoy declaro mi temor perfectamente justificado a los semáforos.
(Nota: Yo sé que el daltonismo no funciona así. Esta entrada, al igual que muchas otras en este blog, solo es una hipérbole).
martes, 17 de diciembre de 2013
Día 18: Hipóstasis del cambio
—Jerson Lizarazo, Bachiller Técnico Industrial con especialidad en Electricidad y Electrónica —dijo alguien al micrófono. Subí cauteloso las escaleras que daban a la tarima, recibí el diploma, estreché algunas manos y bajé de nuevo al nivel del suelo. Un fotógrafo con una serie de gestos nerviosos me dio las instrucciones para ser retratado. De antemano sabía que iba a cerrar los ojos por el flash y arruinaría la foto. El hombre de la cámara disparó su arma contra mi humanidad y, fiel a mis predicciones, parpadeé.
Cuando abrí los ojos, me encontré a mí mismo cinco años después, recibiendo el mismo diploma, de manos de la misma persona que me lo entregó la primera vez, en otro lugar y, evidentemente, en otro tiempo. El flash me transportó, el flash fue una anulación del tiempo, una hipóstasis del cambio, una evidencia del error intelectual que es atribuirle al mundo empírico rótulos no verificados de realidad. La persona que me entregó el diploma era la misma. Johanita, le llamábamos. Dos veces la misma Johanita. A pesar del repentino salto espacio-temporal, ella seguía inalterada, casi como si los años le hubieran pasado por el lado y sin tocarla. Yo había cambiado, de eso estoy seguro. Tal vez hay ciertas personas inmunes al tiempo; tal vez no lo soy yo.
Aún no sé si la foto quedó arruinada o no. No sé si estoy preparado para saberlo.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Días 14, 15, 16 y 17: Parsifal
Estos días he estado un poco ocupado entre trámites, compromisos familiares e ideas que se alimentan de mi cerebro cual gusanos comedores de carne. Sin embargo, he podido hacer algunas anotaciones aleatorias sobre posibles gérmenes para un proyecto literario de mediana complejidad. Últimamente he tenido una suave obsesión con el tema del tiempo y la validez de la realidad (gracias, Phil) y no he escrito más que estas breves anotaciones que ahora comparto. Como lo veo, el proyecto promete. Tomará tiempo (y es paradójico pensar en el tiempo que me tomará discernir sobre si el tiempo es o no real y qué implicaciones tiene su naturaleza), pero creo creo que algo bueno va a salir. Aquí los gérmenes:
-Future. The shadows of the future must be long.
-Consciousness might not be more than memories of a future life.
-Dream is psychosis under control. Or, the other way, psychosis is a permanent dream-like state.
-We're not living in a real world but in a maze. A maze built up from raw space and time. Space and time are its -the maze's- power.
-I myself may be living into two realities, each one separated from the other, in two places and two different eras. What it's called "dreaming" it's, as a matter of fact, a switch, a passing from one reality to another.
-Time turns into space.
-Salvation is just a misunderstood word, that actually means the freedom from the tyranny of space and time. Freedom is getting out of the maze!
jueves, 12 de diciembre de 2013
martes, 10 de diciembre de 2013
Día 11: La venganza literaria que nunca se perpetró
Hoy me enfrento de nuevo al no saber qué escribir aquí y eso es motivo de intensa alegría (tengo, por el contrario, un buen germen de argumento en el que ya empecé a trabajar para En Fuera de Lugar). Como ya he recalcado hasta la nausea, este blog tiene como objeto el enseñarme a escribir. Una de las lecciones más duras de aprender es la de no dejarse apabullar por la falta de ideas o la aparente imposibilidad de llevar a buen término una idea con potencial. Hace dos días, después de una atroz sarta de incongruencias, sentencié en una frase el leit motiv de este proyecto: Valentía es no dejar de teclear.
Bajo esa lógica, es alegre el no saber qué escribir. Además, ahora que me doy cuenta, ya escribí un párrafo y una oración sin tener idea de qué estoy haciendo. Así que seguiré.
En una clase que comparto como estudiante con quien fuera otrora profesor de una materia que perdí el año pasado tuve un recuerdo bonito. Recién había obtenido mi primer reconocimiento literario y había sido seleccionado entre los semifinalistas del VI CNC. En esos bellos tiempos pensaba que era un buen escritor (qué equivocado) y creía que toda situación era susceptible de ser llevada a la literatura. Y puede que sí, pero no cualquiera puede ejecutar tales proezas. Yo estoy muy lejos de ser el Rey Midas, mis textos surgen de lo bajo, de las canecas, y no muchos logran alejarse de su condición inicial. Pero en esos tiempos yo pensaba otra cosa. Bueno, retomo el hilo. Los motivos por los cuales un comentario al azar del otrora profesor me hicieron entrar en ese frenesí de memorias y los motivos por los cuales escribí lo que postearé a continuación no son materia del blog (o puede que sí, pero me canso).
Dejo aquí el primer párrafo de una venganza literaria que jamás terminé de perpetrar. Y si, por casualidad, llega a leer esto el mencionado profesor, sepa él que mi desbordado rencor es cosa pretérita.
Pocas veces es apropiado afirmar que un silencio sepulcral invade los pasillos de un Centro de Crecimiento. Nunca hay silencio en un lugar atestado de niños, a la vez que la presencia de un asesino en uno de estos centros es menos que impensable. Sin embargo, la aparición (¿o formación?) de un homicida que entra en acción y la consecuente estupefacción de los infantes al ver su primer muerto, son situaciones capaces de hacer conveniente hasta la más impertinente de las figuras. De forma que esta vez, por más absurdo que suene, se podía estar doblemente seguro de que la figura del «silencio sepulcral» era adecuada y fiel a lo que se vivía en todo el Centro de Crecimiento. Un tutor había sido asesinado y el silencio era su tumba.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Día 10: El país del Sagrado Corazón
El texto del día se encuentra disponible en http://fitopez.blogspot.com/2013/12/el-pais-del-sagrado-corazon.html
Y hasta aquí las palabras, país de mierda.
domingo, 8 de diciembre de 2013
Día 9.1: Perder tiempo en aclaraciones
Esta aclaración la escribo para que, en el momento de la obligada retrospectiva al blog, el recuerdo no me falle. La anterior entrada de blog solo fue un ejercicio narrativo. No confío en mi memoria. No va del todo mal perder medio minuto en pro de la fidelidad en el registro.
Y también (querido diario), no dejo pasar esta semana sin escribir algo en el otro blog. Le estoy metiendo mucho esfuerzo al suplente y me olvidé un poco del titular.
Y también (querido diario), no dejo pasar esta semana sin escribir algo en el otro blog. Le estoy metiendo mucho esfuerzo al suplente y me olvidé un poco del titular.
Día 9: Turn down the wall
Valentía es ver la hoja en blanco y teclear la primera frase...
El tipo en cuestión admite que le faltó previsión. Debió ser más calculador, derrochó en innecesarias víctimas su munición de falsas sonrisas. ¿Cómo se puede espantar a los intrusos cuando uno va por ahí, indefenso, desarmado? Es claro que nada acribilla mejor al humano promedio que una buena ráfaga de sonrisas de plomo. Él sabe que no debió malgastar sus balas.
El hombre civilizado muestra con orgullo sus dientes feroces y sus ojos bien abiertos, cual hiena en tropel, dispuesto a devorarse al primer incauto que baje la guardia durante un segundo. Para sobrevivir en la carnicería que es la sociedad moderna es necesario siempre ir armado hasta los cojones... hasta las sonrisas.
Gastar todos los cartuchos deja al tipo en cuestión en una situación más bien compleja. Defenderse de los depredadores es imperioso (una mordida y estará perdido). Ya sin balas y sin estar dispuesto a desperdiciar en sucias hienas los pocos cartuchos de sinceridad que aún conserva consigo el tipo en cuestión, solo queda una opción.
El tipo agarra un ladrillo. Luego otro y lo pone encima del primero. Uno más, al lado de los otros dos. El tipo en cuestión construye su barrera, erige su muro, lo contempla y lo adora; todo su mundo es el interior del muro. Ya no necesita municiones en su mundo. ¡Cómo adora su mundo!
Voces aún se oyen desde el lejano exterior. "Turn down the wall, turn down the wall!"
Pero para el tipo en cuestión, aquellas voces son vacío, son sordina; con un poco de convencimiento, dejan de existir. Todo su universo es él, su muro y unas cuantas balas de sinceridad que dispara al aire con la intención de que, al caer, asesinen a algún fulano desprevenido que justo ese día olvidó sus defensas en su casa gris de su universo paralelo.
El tipo agarra un ladrillo. Luego otro y lo pone encima del primero. Uno más, al lado de los otros dos. El tipo en cuestión construye su barrera, erige su muro, lo contempla y lo adora; todo su mundo es el interior del muro. Ya no necesita municiones en su mundo. ¡Cómo adora su mundo!
Voces aún se oyen desde el lejano exterior. "Turn down the wall, turn down the wall!"
Pero para el tipo en cuestión, aquellas voces son vacío, son sordina; con un poco de convencimiento, dejan de existir. Todo su universo es él, su muro y unas cuantas balas de sinceridad que dispara al aire con la intención de que, al caer, asesinen a algún fulano desprevenido que justo ese día olvidó sus defensas en su casa gris de su universo paralelo.
Valentía es ver el vacío que nace en la última letra de la primera frase y escribir la primera letra de la segunda. Valentía es no dejar de teclear.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Días 7 y 8: The shadows of the future
Hay días en que las palabras salen a borbotones. Esos días, el escritor se olvida de la necesidad de dormir, se desconecta por completo del mundo, todas las actividades que no sean escribir se convierten en nimiedades. El universo entero lo componen el escritor y el texto; todo lo demás simplemente deja de existir.
Son días como esos los que construyen obras maestras, los que cambian el rumbo de la historia. El oficio del escritor es muy difícil y aún más ingrato. Uno se pasa la vida entera entrenándose de mil formas para ese gran día. Uno experimenta, escribe prototextos, lee, lee, sigue leyendo, escribe otros prototextos y lee aún más. Uno busca siempre tener experiencias que merezcan ser narradas (o al menos ser la materia prima de lo narrado). Uno lo hace todo en función de estar preparado y no cagarse el ínfimo instante en que la musa lo mira a uno a los ojos. La vida del escritor es una constante y paciente espera por uno de aquellos días.
No importa si el escritor es James Joyce o un bloggero de medio pelo. Toda nuestra existencia consiste en esperar. Cuando llega el momento, todo lo que hay en el cosmos es el texto. El texto utiliza al escritor como vehículo; así como un gen utiliza a organismos enteros como vehículo de su replicación. Somos simples instrumentos, el texto anda por ahí, buscando una salida al mundo real. El texto se apodera del escritor y nace (y al ser usualmente humano el escritor, el parto es tan doloroso como todos los partos humanos). Muchos escritores han dejado constancia del mismo fenómeno: en uno de esos valiosos, y por ende escasos, días de iluminación, es casi como si el texto se escribiera solo.
Si uno supiera con certeza que, digamos, el 23 de marzo de 2014 a las 4:17 am llegará el momento para dar a luz a un nuevo texto, el oficio carecería de sentido; tal vez los Shakespeare y los Borges hubiesen pasado por el mundo de largo, impunes. Pero no es así. La incertidumbre, el no saber cuándo llegará uno de esos días es lo que hace que la literatura sea un oficio de todos los días y no un hobby de dos veces al año. Uno empieza a escribir esperando que a mitad del prototexto la iluminación llegue, que el texto se fije en uno y lo use a uno, escritor insignificante, simple herramienta; uno espera que el texto quiera nacer a través del propio ser.
Pienso que es la incertidumbre lo que construye el arte y el oficio del escritor; ya sea del profesional o del simple aficionado como yo. En ese orden de ideas y con la importancia absoluta de la incertidumbre...
The shadows of the future must be long.
jueves, 5 de diciembre de 2013
Día 6: Perder tiempo entre ideas y paréntesis
Hoy estaba escuchando The Wall de Pink Floyd (porque este año empecé a escuchar a Pink Floyd como groupie desesperada), mientras esperaba al tipo de la empresa que me quiere contratar (sí, hay una empresa que quiere que trabaje para ellos; de hecho, hay dos) para una visita domiciliaria (parte del tedioso proceso burocrático) y se me vino a la mente una buena idea (cosa que no sucede muy a menudo).
Hace un tiempo ya (desde que empecé a leer al buen Philip K. Dick) he estado jugueteando con preguntas (porque eso de juguetear con preguntas es posible) del estilo "¿Qué es real? ¿La vida es una ilusión? ¿Las drogas son una portal de acceso a la verdadera realidad? ¿Qué es el tiempo? ¿Cuánto pesa un día? ¿Ubicuidad?" (Porque Dick era uno de esos tipos a los que la Filosofía les iba bastante bien con ayudas psicodélicas).
En fin, retomo (siento que estoy divagando demasiado). Escuchaba el álbum y me vino a la mente una idea literaria que valía la pena ser considerada (últimamente no he tenido ideas para cuentos, todas funcionarían al nivel de novela corta). (Otra cosa, aún no me atrevo a intentar una nouvelle). Mi idea es ésta (estoy seguro que si la quieren plagiar, no les va a funcionar, así que ni lo intenten; igual tampoco creo que quieran dedicarle el esfuerzo): Narrar dos historias alternativas, ambas desde el realismo, pero con breves briciolos (no recuerdo el equivalente en español) de fantasía, breves rupturas de la realidad que se tornarán cada vez más frecuentes, más intensas; hasta que al final termine siendo toda una obra de fantascienza (¡Epa! de nuevo el italiano), hasta que el lector no sepa qué es real y qué no lo es. Básicamente, las dos historias, totalmente diferentes, cuentan la historia del mismo personaje. Una es real, la otra es su imaginación. O puede que ambas sean imaginación, o ambas reales (de ahí la fantascienza). Los detalles de ejecución y trama (porque sí los hay) me los guardo para mí (no es sensato revelar secretos de tanta importancia).
Los títulos de los capítulos (casi olvido hacer la conexión con Pink Floyd) se llamarían igual que las canciones de The Wall, aunque cierta relación entre el texto y la canción no es asegurada (casi escribo relatedness en vez de relación, hoy el español me está fallando).
Aún no sé si escribirla o no (tengo otras ideas en la lista de espera, además, no me siento del todo capaz de ejecutar un proyecto así), me gustaría también (como una posibilidad que no descarto) escribirla a cuatro manos (pero he ahí un problema: solo cuento con dos, habría que conseguir otro empaquetado de genes humanos que guste de escribir, que tenga dos manos y que se atreva) y... bueno, creo que eso es todo (y no sé siquiera si a usted, lector/a le interesan mis gérmenes de ideas literarias).
Si usted llegó hasta esta línea, espero no haber robado de forma infame su tiempo (aunque estoy seguro de que sí fue así).
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Día 5: La risa de la medusa
Qué cambiada estás
Medusa
En otras aguas te vi nadar
Confusa
Tienes la sonrisa tenue
Difusa.
Qué cambiado estoy
Qué cambiados mares.
Medusa
En otras aguas te vi nadar
Confusa
Tienes la sonrisa tenue
Difusa.
Qué cambiado estoy
Qué cambiados mares.
martes, 3 de diciembre de 2013
Dìa 4: El hombre que fuma y se arroja el humo siempre en el ojo
Debo admitirlo. Cuando me vino a la mente el título de esta entrada, pensé con gran entusiasmo que podría funcionar como metáfora de los esfuerzos fallidos, del vano encomio, de los disparos que no dieron en la diana; en otras palabras, de una cotidianidad a la que me estoy acostumbrando. Pero ahora que lo pienso, una entrada con tal título es difícil de escribir y, después de 42 horas sin dormir, hasta la más evidente retórica se hace complicada.
Hoy fumaba el acostumbrado cigarrillo post-entrevista mientras la mirada se me perdía en el aire. No sé si el haber llegado sin dormir, el haber viajado más de una hora de pie en hora pico, o el tener que esperar parado y aguantando frío frente a una planta industrial por más de media hora, me indispuso. De lo que estoy seguro es que a la planta entré fuera de mí. Siguiendo con la metáfora de la entrada de ayer, hoy se me mojó toda la pólvora en pleno desembarco a Normandía.
Puede que me haya ido bien, pero mejor no tentar a la diosa fortuna. Conviene volver al tema del cigarrillo. Hoy noté que gasto demasiado tiempo encendiendo un Marlboro (los demás me parecen infumables) y también que no sé exhalar el humo. Veo con envidia a las personas que hacen del fumar una perfecta escena, casi como si el acto fuera una suerte de esas que se ven en las danzas contemporáneas. Yo, en cambio, titubeo con el cigarro, lo paso mil veces a la mano izquierda y mil una a la derecha...
Otras personas exhalan obras de arte, lo hacen tan bien que ese humo es vanguardia. Mi humo es caos, un brochazo ordinario sobre un Van Gogh, un violín con las cuerdas rotas, una oportunidad perdida. Eso. Por fortuna fumo poco (no más de cinco cigarros a la semana); mis bocanadas son ofensas.
Ésta es una pésima elegía al autosabotaje. Es tan mala que ni siquiera tiene tintes de elegía, y apenas si menciona el sabotaje. Hoy fui víctima de un boycott a mí mismo. Hoy fumé y todo el humo fue a parar a mis ojos.
lunes, 2 de diciembre de 2013
Día 3: La víspera del Día D
Cuando empecé a coquetear con la idea de crear un nuevo blog pensé que sería divertido una que otra vez escribir las cotidianidades que invaden un día normal. Pero, momento, tengo un problema. Ninguno de estos tres días han sido "normales". Y lo peor. Mucho menos lo será mañana.
Desde ya advierto que ésta será una entrada breve, ni siquiera puedo concentrarme bien y estoy construyendo frases a los trompicones. Solo vengo a dejar constancia de que mañana será posiblemente uno de esos días que uno en el futuro tiende a recordar como puntos de inflexión en... bueno, la vida entera. La razón de mis incertidumbres es precisamente la incertidumbre; el saber que ese "posiblemente" no es, por ahora, un "seguramente".
Si algún lector desprevenido (o lectora, por aquello del lenguaje incluyente) si acaso se llega a topar con estos mediocres párrafos, le ruego dos cosas: Uno, que me disculpe, mañana me desagraviaré con creces y hablaré de un tema malditamente interesante; dos, que me envíe todo su ki.
Sé que la comparación es grosera, pero... ¿Qué habrán pensado los soldados aliados una noche antes del famoso desembarco en Normandía? (Y no me refiero al barrio Normandía, allá desembarqué hoy y supe esquivar bien las balas).
Si algún lector desprevenido (o lectora, por aquello del lenguaje incluyente) si acaso se llega a topar con estos mediocres párrafos, le ruego dos cosas: Uno, que me disculpe, mañana me desagraviaré con creces y hablaré de un tema malditamente interesante; dos, que me envíe todo su ki.
Sé que la comparación es grosera, pero... ¿Qué habrán pensado los soldados aliados una noche antes del famoso desembarco en Normandía? (Y no me refiero al barrio Normandía, allá desembarqué hoy y supe esquivar bien las balas).
domingo, 1 de diciembre de 2013
Día 2: La Huesuda
Ayer murió Paul Walker. Todo el mundo sabe quién fue Paul Walker, así que considero innecesario perder tiempo en aclaraciones. Pero... momento, ya estoy perdiendo tiempo aclarando que no quiero perder tiempo en aclaraciones. Y puedo seguir así toda la noche, pero esta no es la idea de hoy. Tal vez mañana sí lo haga.
Vuelvo al tema. La muerte más bien repentina de uno de estos personajes lo hacen a uno reflexionar, sin duda. ¿Será que mi muerte será igual de imprevista? ¿Será que uno de estos días voy a salir a comprarme un Marlboro (cosa que ya es de hecho tentar a la huesuda) y, sin que me lo espere, un piano o un elefante me aplastará sin contemplaciones? ¿Será que mi automóvil terminará contra un poste luego de perder agarre en una carretera jabonosa, todo ello mientras me salgo de un evento de caridad?
Uno piensa que los actores y los músicos nunca van a morir. Uno incluso se convence de que sus escritores preferidos aún están vivos, aunque ellos hayan pertenecido a otros tiempos, incluso aunque sean Faulkner, Tolstoi y Juan, el evangelista que vio berrear a Jesucristo (no son ellos mis escritores preferidos... y vuelvo a perder el tiempo en aclaraciones). Y uno ni siquiera piensa en la posibilidad de que la muerte se lo lleve a uno de forma imprevista.
Alguna vez una compañera de la carrera, mientras hablábamos sobre la posibilidad de morir atropellados, anotó con gran convencimiento, y cito: "Si a mí me van a atropellar, que me atropelle un BM(W) porque qué boleta que a uno lo mate un pichirilo". Y aquí vuelvo a Paul Walker. Según la lógica de mi compañera, la suya fue una buena muerte; el tipo quedo reducido a ochenta kilos de tripas y óxido dentro de un costoso deportivo.
Morir es también algo cotidiano. Uno solo muere una vez (excepto los cajeros, ellos mueren todos los días cuando se abren las puertas del banco), pero la gente se muere todos los días; ya sea la vecina anciana y mala gente o el actor que hasta el tío de la perra conoce. Hace parte del día a día. Tal vez es por ello por lo que uno ni siquiera pierde tiempo pensando en esa posibilidad, de todas formas el tiempo es oro y blablablá.
Ojalá y cuando me llegue el turno de colgar las botas, la huesuda llegue avisando. Y si no llega avisando, que al menos no llegue borracha y manejando un pichirilo.
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