domingo, 8 de diciembre de 2013

Día 9: Turn down the wall

Valentía es ver la hoja en blanco y teclear la primera frase... 

El tipo en cuestión admite que le faltó previsión. Debió ser más calculador, derrochó en innecesarias víctimas su munición de falsas sonrisas. ¿Cómo se puede espantar a los intrusos cuando uno va por ahí, indefenso, desarmado? Es claro que nada acribilla mejor al humano promedio que una buena ráfaga de sonrisas de plomo. Él sabe que no debió malgastar sus balas. 

El hombre civilizado muestra con orgullo sus dientes feroces y sus ojos bien abiertos, cual hiena en tropel, dispuesto a devorarse al primer incauto que baje la guardia durante un segundo. Para sobrevivir en la carnicería que es la sociedad moderna es necesario siempre ir armado hasta los cojones... hasta las sonrisas. 

Gastar todos los cartuchos deja al tipo en cuestión en una situación más bien compleja. Defenderse de los depredadores es imperioso (una mordida y estará perdido). Ya sin balas y sin estar dispuesto a desperdiciar en sucias hienas los pocos cartuchos de sinceridad que aún conserva consigo el tipo en cuestión, solo queda una opción.

El tipo agarra un ladrillo. Luego otro y lo pone encima del primero. Uno más, al lado de los otros dos. El tipo en cuestión construye su barrera, erige su muro, lo contempla y lo adora; todo su mundo es el interior del muro. Ya no necesita municiones en su mundo. ¡Cómo adora su mundo!

 Voces aún se oyen desde el lejano exterior. "Turn down the wall, turn down the wall!"

Pero para el tipo en cuestión, aquellas voces son vacío, son sordina; con un poco de convencimiento, dejan de existir. Todo su universo es él, su muro y unas cuantas balas de sinceridad que dispara al aire con la intención de que, al caer, asesinen a algún fulano desprevenido que justo ese día olvidó sus defensas en su casa gris de su universo paralelo. 

Valentía es ver el vacío que nace en la última letra de la primera frase y escribir la primera letra de la segunda. Valentía es no dejar de teclear. 


sábado, 7 de diciembre de 2013

Días 7 y 8: The shadows of the future

Hay días en que las palabras salen a borbotones. Esos días, el escritor se olvida de la necesidad de dormir, se desconecta por completo del mundo, todas las actividades que no sean escribir se convierten en nimiedades. El universo entero lo componen el escritor y el texto; todo lo demás simplemente deja de existir. 

Son días como esos los que construyen obras maestras, los que cambian el rumbo de la historia. El oficio del escritor es muy difícil y aún más ingrato. Uno se pasa la vida entera entrenándose de mil formas para ese gran día. Uno experimenta, escribe prototextos, lee, lee, sigue leyendo, escribe otros prototextos y lee aún más. Uno busca siempre tener experiencias que merezcan ser narradas (o al menos ser la materia prima de lo narrado). Uno lo hace todo en función de estar preparado y no cagarse el ínfimo instante en que la musa lo mira a uno a los ojos. La vida del escritor es una constante y paciente espera por uno de aquellos días.

No importa si el escritor es James Joyce o un bloggero de medio pelo. Toda nuestra existencia consiste en esperar. Cuando llega el momento, todo lo que hay en el cosmos es el texto. El texto utiliza al escritor como vehículo; así como un gen utiliza a organismos enteros como vehículo de su replicación. Somos simples instrumentos, el texto anda por ahí, buscando una salida al mundo real. El texto se apodera del escritor y nace (y al ser usualmente humano el escritor, el parto es tan doloroso como todos los partos humanos). Muchos escritores han dejado constancia del mismo fenómeno: en uno de esos valiosos, y por ende escasos, días de iluminación, es casi como si el texto se escribiera solo.

Si uno supiera con certeza que, digamos, el 23 de marzo de 2014 a las 4:17 am llegará el momento para dar a luz a un nuevo texto, el oficio carecería de sentido; tal vez los Shakespeare y los Borges hubiesen pasado por el mundo de largo, impunes. Pero no es así. La incertidumbre, el no saber cuándo llegará uno de esos días es lo que hace que la literatura sea un oficio de todos los días y no un hobby de dos veces al año. Uno empieza a escribir esperando que a mitad del prototexto la iluminación llegue, que el texto se fije en uno y lo use a uno, escritor insignificante, simple herramienta; uno espera que el texto quiera nacer a través del propio ser.

Pienso que es la incertidumbre lo que construye el arte y el oficio del escritor; ya sea del profesional o del simple aficionado como yo. En ese orden de ideas y con la importancia absoluta de la incertidumbre...

The shadows of the future must be long. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Día 6: Perder tiempo entre ideas y paréntesis

Hoy estaba escuchando The Wall de Pink Floyd (porque este año empecé a escuchar a Pink Floyd como groupie desesperada), mientras esperaba al tipo de la empresa que me quiere contratar (sí, hay una empresa que quiere que trabaje para ellos; de hecho, hay dos) para una visita domiciliaria (parte del tedioso proceso burocrático) y se me vino a la mente una buena idea (cosa que no sucede muy a menudo). 

Hace un tiempo ya (desde que empecé a leer al buen Philip K. Dick) he estado jugueteando con preguntas (porque eso de juguetear con preguntas es posible) del estilo "¿Qué es real? ¿La vida es una ilusión? ¿Las drogas son una portal de acceso a la verdadera realidad? ¿Qué es el tiempo? ¿Cuánto pesa un día? ¿Ubicuidad?" (Porque Dick era uno de esos tipos a los que la Filosofía les iba bastante bien con ayudas psicodélicas). 

En fin, retomo (siento que estoy divagando demasiado). Escuchaba el álbum y me vino a la mente una idea literaria que valía la pena ser considerada (últimamente no he tenido ideas para cuentos, todas funcionarían al nivel de novela corta). (Otra cosa, aún no me atrevo a intentar una nouvelle). Mi idea es ésta (estoy seguro que si la quieren plagiar, no les va a funcionar, así que ni lo intenten; igual tampoco creo que quieran dedicarle el esfuerzo): Narrar dos historias alternativas, ambas desde el realismo, pero con breves briciolos (no recuerdo el equivalente en español) de fantasía, breves rupturas de la realidad que se tornarán cada vez más frecuentes, más intensas; hasta que al final termine siendo toda una obra de fantascienza (¡Epa! de nuevo el italiano), hasta que el lector no sepa qué es real y qué no lo es. Básicamente, las dos historias, totalmente diferentes, cuentan la historia del mismo personaje. Una es real, la otra es su imaginación. O puede que ambas sean imaginación, o ambas reales (de ahí la fantascienza). Los detalles de ejecución y trama (porque sí los hay) me los guardo para mí (no es sensato revelar secretos de tanta importancia). 

Los títulos de los capítulos (casi olvido hacer la conexión con Pink Floyd) se llamarían igual que las canciones de The Wall, aunque cierta relación entre el texto y la canción no es asegurada (casi escribo relatedness en vez de relación, hoy el español me está fallando). 

Aún no sé si escribirla o no (tengo otras ideas en la lista de espera, además, no me siento del todo capaz de ejecutar un proyecto así), me gustaría también (como una posibilidad que no descarto) escribirla a cuatro manos (pero he ahí un problema: solo cuento con dos, habría que conseguir otro empaquetado de genes humanos que guste de escribir, que tenga dos manos y que se atreva) y... bueno, creo que eso es todo (y no sé siquiera si a usted, lector/a le interesan mis gérmenes de ideas literarias).  

Si usted llegó hasta esta línea, espero no haber robado de forma infame su tiempo (aunque estoy seguro de que sí fue así). 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Día 5: La risa de la medusa

Qué cambiada estás
Medusa
En otras aguas te vi nadar
Confusa
Tienes la sonrisa tenue
Difusa.

Qué cambiado estoy
Qué cambiados mares.



martes, 3 de diciembre de 2013

Dìa 4: El hombre que fuma y se arroja el humo siempre en el ojo

Debo admitirlo. Cuando me vino a la mente el título de esta entrada, pensé con gran entusiasmo que podría funcionar como metáfora de los esfuerzos fallidos, del vano encomio, de los disparos que no dieron en la diana; en otras palabras, de una cotidianidad a la que me estoy acostumbrando. Pero ahora que lo pienso, una entrada con tal título es difícil de escribir y, después de 42 horas sin dormir, hasta la más evidente retórica se hace complicada. 

Hoy fumaba el acostumbrado cigarrillo post-entrevista mientras la mirada se me perdía en el aire. No sé si el haber llegado sin dormir, el haber viajado más de una hora de pie en hora pico, o el tener que esperar parado y aguantando frío frente a una planta industrial por más de media hora, me indispuso. De lo que estoy seguro es que a la planta entré fuera de mí. Siguiendo con la metáfora de la entrada de ayer, hoy se me mojó toda la pólvora en pleno desembarco a Normandía. 

Puede que me haya ido bien, pero mejor no tentar a la diosa fortuna. Conviene volver al tema del cigarrillo. Hoy noté que gasto demasiado tiempo encendiendo un Marlboro (los demás me parecen infumables) y también que no sé exhalar el humo. Veo con envidia a las personas que hacen del fumar una perfecta escena, casi como si el acto fuera una suerte de esas que se ven en las danzas contemporáneas. Yo, en cambio, titubeo con el cigarro, lo paso mil veces a la mano izquierda y mil una a la derecha... 

Otras personas exhalan obras de arte, lo hacen tan bien que ese humo es vanguardia. Mi humo es caos, un brochazo ordinario sobre un Van Gogh, un violín con las cuerdas rotas, una oportunidad perdida. Eso. Por fortuna fumo poco (no más de cinco cigarros a la semana); mis bocanadas son ofensas. 

Ésta es una pésima elegía al autosabotaje. Es tan mala que ni siquiera tiene tintes de elegía, y apenas si menciona el sabotaje. Hoy fui víctima de un boycott a mí mismo. Hoy fumé y todo el humo fue a parar a mis ojos. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Día 3: La víspera del Día D

Cuando empecé a coquetear con la idea de crear un nuevo blog pensé que sería divertido una que otra vez escribir las cotidianidades que invaden un día normal. Pero, momento, tengo un problema. Ninguno de estos tres días han sido "normales". Y lo peor. Mucho menos lo será mañana. 

Desde ya advierto que ésta será una entrada breve, ni siquiera puedo concentrarme bien y estoy construyendo frases a los trompicones. Solo vengo a dejar constancia de que mañana será posiblemente uno de esos días que uno en el futuro tiende a recordar como puntos de inflexión en... bueno, la vida entera. La razón de mis incertidumbres es precisamente la incertidumbre; el saber que ese "posiblemente" no es, por ahora, un "seguramente".

Si algún lector desprevenido (o lectora, por aquello del lenguaje incluyente) si acaso se llega a topar con estos mediocres párrafos, le ruego dos cosas: Uno, que me disculpe, mañana me desagraviaré con creces y hablaré de un tema malditamente interesante; dos, que me envíe todo su ki.

Sé que la comparación es grosera, pero... ¿Qué habrán pensado los soldados aliados una noche antes del famoso desembarco en Normandía? (Y no me refiero al barrio Normandía, allá desembarqué hoy y supe esquivar bien las balas).  

domingo, 1 de diciembre de 2013

Día 2: La Huesuda

Ayer murió Paul Walker. Todo el mundo sabe quién fue Paul Walker, así que considero innecesario perder tiempo en aclaraciones. Pero... momento, ya estoy perdiendo tiempo aclarando que no quiero perder tiempo en aclaraciones. Y puedo seguir así toda la noche, pero esta no es la idea de hoy. Tal vez mañana sí lo haga.

Vuelvo al tema. La muerte más bien repentina de uno de estos personajes lo hacen a uno reflexionar, sin duda. ¿Será que mi muerte será igual de imprevista? ¿Será que uno de estos días voy a salir a comprarme un Marlboro (cosa que ya es de hecho tentar a la huesuda) y, sin que me lo espere, un piano o un elefante me aplastará sin contemplaciones? ¿Será que mi automóvil terminará contra un poste luego de perder agarre en una carretera jabonosa, todo ello mientras me salgo de un evento de caridad?

Uno piensa que los actores y los músicos nunca van a morir. Uno incluso se convence de que sus escritores preferidos aún están vivos, aunque ellos hayan pertenecido a otros tiempos, incluso aunque sean Faulkner, Tolstoi y Juan, el evangelista que vio berrear a Jesucristo (no son ellos mis escritores preferidos... y vuelvo a perder el tiempo en aclaraciones).  Y uno ni siquiera piensa en la posibilidad de que la muerte se lo lleve a uno de forma imprevista.

Alguna vez una compañera de la carrera, mientras hablábamos sobre la posibilidad de morir atropellados, anotó con gran convencimiento, y cito: "Si a mí me van a atropellar, que me atropelle un BM(W) porque qué boleta que a uno lo mate un pichirilo". Y aquí vuelvo a Paul Walker. Según la lógica de mi compañera, la suya fue una buena muerte; el tipo quedo reducido a ochenta kilos de tripas y óxido dentro de un costoso deportivo.

Morir es también algo cotidiano. Uno solo muere una vez (excepto los cajeros, ellos mueren todos los días cuando se abren las puertas del banco), pero la gente se muere todos los días; ya sea la vecina anciana y mala gente o el actor que hasta el tío de la perra conoce. Hace parte del día a día. Tal vez es por ello por lo que uno ni siquiera pierde tiempo pensando en esa posibilidad, de todas formas el tiempo es oro y blablablá.

Ojalá y cuando me llegue el turno de colgar las botas, la huesuda llegue avisando. Y si no llega avisando, que al menos no llegue borracha y manejando un pichirilo.