Ocho días sin escribir. Cierto, estuve muy ocupado en ajetreos de la empresa, trabajos de la universidad, empresa, universidad, empresa, universidad, empresa, universidad, empresa, universidad, empresa, lluvia, nieve, lluvia con nieve...
He tenido muchas cosas en qué pensar y miles y miles de post-its repletos de ideas son testigos. Va a ser duro dejar la universidad, lo sé. Va a ser duro tener que levantarme dos horas antes del amanecer, va a ser duro empezar a ser un adulto. Pero de eso se trata la vida, ésta es mi realidad.
Y es cierto, a veces la realidad puede ser una perra desalmada, una puta que se alimenta de ilusiones rotas y temores. La vida me va a cambiar de forma radical. Y estoy ansioso como nunca. De no ser por los breves y significativos escapes de la realidad con los que la bioquímica nos ha bendecido, tal vez estaría más ansioso de lo que yo mismo podría tolerar.
Y entre tanto ajetreo, tantas entregas finales y tantos trámites que he debido encarar como el tipo adulto y responsable que ahora soy, se me olvidó que tengo un blog. Espero (y escribo esto más como una obligación, un compromiso) que cuando la cosa esa que llamo realidad -sin saber qué es exactamente- se ponga más complicada, no pase lo que en esta semana y me olvide de escribir. Empezar a renunciar a lo que uno ama en pos de la satisfacción de expectativas ajenas es el primer paso para dejar de ser uno mismo. Y no estoy dispuesto ni siquiera a considerar ese escenario.
Por cierto. Mi amor incondicional a quien haya leído el primer párrafo y haya pensado "Andrés Caicedo hijueputa".
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