(...)
Silencio. Por cinco
segundos (que duraron una eternidad para Cubillos) solo se escuchó la pesada respiración
de la gerente de la compañía minera más grande en operación en Colombia.
Finalmente, de Rhodes contestó:
- Wilson, ¿me interrumpió
en medio de una reunión con los accionistas para decirme que la solución a
todos nuestros problemas es un… meteorito? No estoy para bromas, no en este
momento, ¡por dios, la compañía se está cayendo a pedazos y usted me viene con
estupideces! Lo espero el viernes a primera hora con el informe de su trabajo
en campo y una proyección de utilidades-.
- ¡Por favor escúcheme
Tamaira! –suplicó Cubillos-. Podemos salvar la compañía, es una oportunidad que
solo tendremos una vez y no la perderemos, ¡esperar incluso unos pocos días
sería un error del que nos lamentaremos toda la vida!
-Viernes, primera hora.
Tamaira terminó la
llamada y apagó el teléfono antes de volver a sentarse en su lugar. La crisis
por la que estaba atravesando la compañía no era un secreto para los
accionistas, por lo que de Rhodes tuvo que citarlos para tratar de convencerlos
de mantener sus inversiones en El Dorado Mining
Company. Los cuatro accionistas con mayor porcentaje de participación en El Dorado tuvieron un momento a solas en
la oficina de Tamaira de Rhodes y ninguno de ellos mostraba intenciones de
mantener su dinero en el negocio del oro. Indudablemente fue un error táctico
salir de la reunión, muchas cosas pudieron decirse a espaldas de la gerente
durante su corta ausencia. De Rhodes estaba furiosa con Cubillos por su
impertinencia y esa estupidez del meteorito, con ella misma por haber dejado a
solas a los accionistas y con el mercado mismo por la caída abrupta de los
precios del oro. Todos estaban jugando en su contra.
(Continúa....)
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