miércoles, 9 de septiembre de 2020

Una historia de cumpleaños en cuatro movimientos

Ya sé que cada tanto hago esta aclaración, pero igual siempre me parece adecuada. Este blog no es como el otro. En el otro las historias son ciencia ficción, son poesía, son verdades adornadas con finos vestidos literarios, son florituras danzantes e invasiones extraterrestres. Aquí el estilo es diferente: es desnudo, directo, sin disfraces, honestidad brutal.

Y pues simple. Esta es la entrada tradicional, la del cumpleaños. La de poner en perspectiva (fractal) un año de vida en unos cuantos párrafos. Y este año es particular porque estuvo lleno de sucesos significativos y difíciles, eventos tan desgarradores que resulta imposible salir ileso. No se puede conocer la muerte de forma tan directa sin morir un poco. Y no se puede morir sin renacer o liberarse. Recuerdo haberle dicho a Nata hace unos años que algo en mi interior me decía que yo iba a morir a los 27. Pero en ese entonces no conocía el significado de la palabra "morir". Tampoco entendía que después de todas las muertes viene un renacimiento o la liberación. 

Al principio parecía difícil escoger el tema de esta entrada. Quiero celebrar la vida. Ya conocí a la muerte. Ahora es el tiempo de la vida. Por fortuna, ayer a eso de las 10 pm el tema se reveló a sí mismo. Ayer fue un día muy especial en el desarrollo de la teoría. Muchas veces, en sentido figurado, he dicho que avanzar en la teoría suele hacerse difícil, duele. Pero ayer literalmente me dolía escribir, cada palabra plasmada en el papel era una punzada de dolor que me hacía dudar si era necesario continuar o lo mejor era dejarlo para otro día. Mi instinto habló y decidí continuar, a pesar de mi mano derecha rogando por misericordia. Valió la pena continuar y coroné el momento con la Novena Sinfonía. Otra tradición de cumpleaños que tuvo su origen hoy hace tres años.

El sábado 9 de septiembre de 2017 se celebraron los 50 años de la Orquesta Filarmónica de Bogotá con la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio León de Greiff. Ese día cumplí 25 años y parecía ser la celebración perfecta: mi obra clásica favorita, el día de mi cumpleaños y en el corazón de mi amada y doblemente gloriosa Universidad Nacional. Llegamos con mis amigos sobre la hora y ya las boletas estaban agotadas, pero por estar cumpliendo años, hicieron una excepción y nos dejaron entrar a Santiago y a mí. Fue una experiencia sublime e inolvidable presenciar en vivo los cuatro movimientos de esa magnífica obra eterna que me hace sentir exultante de vida cada vez que la escucho.

Como los tiempos de Falcadios son perfectos, para esa época empezaba a germinar la semilla de la investigación transdisciplinar que ahora es mi vida entera. La semana siguiente al concierto de la Filarmónica, dibujé el primer diagrama en la primera libreta de apuntes de investigación (hoy ya voy en la mitad de la quinta libreta) mientras esperaba fuera del León de Greiff a que salieran Juan y Andrés del grado de la maestría. Yo debía graduarme ese día con ellos, pero el universo decidió aplazarlo para el siguiente 11 de abril. A cambio de un motivo para celebrar, me dio para ese viernes 15 de septiembre la muerte de mi abuelo paterno. Ese día, en ese contexto, empezó oficialmente mi investigación. El acto inaugural fue dibujar el boceto de una célula urbana ecoadaptada, inspirada por la descripción de las ciudades en la "Utopía" de Tomás Moro, acompañada por algunos cálculos sencillos y la inscripción: 

"SOLARIA - Don't give in without a fight". 

En ese momento empezó el viaje más importante de mi vida, hasta ahora. Y nació una dinámica intertextual bastante peculiar. Cuando uno decide dedicar su vida entera al desarrollo de una teoría científica, pasan cosas extrañas, densas y videosas.

En retrospectiva, el primer año se sintió como el primer movimiento: La afinación de la orquesta se convierte en una declaración, el desarrollo de una firme resolución inquebrantable, dispuesta a todo. Lo único que tenía claro por aquel entonces era que era ABSOLUTAMENTE NECESARIO (sí, en mayúsculas) crear una teoría que unificara Ecología y Economía. Era claro que la vida me había puesto en una posición privilegiada para intentar una empresa de ese calibre y la vida misma me indicó que esa es mi misión. Sabía que el mejor punto de partida era la Ecological Economics y el enfoque epistemológico de la ciencia posnormal. La primera libreta se convirtió en una lista interminable de los temas que no conocía pero sospechaba podrían ser de utilidad. Los instrumentos se afinan, cada uno toma su posición y emerge una declaración de intenciones, una resolución inquebrantable.

El segundo año fue como el segundo movimiento: un trueno que adquiere fuerza y gracia, que se deleita en su propia evolución y, en movimientos cíclicos, deja ver el sol brillante y la tormenta eléctrica. Entendí que no bastaba con usar la teoría electromagnética de Maxwell-Faraday, que no solo se necesitaba usar la cuántica convencional ni la teoría cuántica de campos sino que era necesario ir más allá. Comprendí que el objetivo era aún más difícil de lo que imaginé al principio, pero antes que desmotivarme, eso me dio más fuerza. No solo bastaba con dedicar mi vida, era necesario cambiar mi vida. Y si yo era renuente a cambiar, la vida misma me obligó a cambiar. El trueno final del segundo movimiento fue una tormenta eléctrica para mi propia vida. 

El tercer año, el tercer movimiento: Después de la tormenta viene la calma. Una calma suave que busca estabilidad después del trueno que estremeció las montañas y el sol que quemó los campos, un lento volver a la vida después de haber visto cara a cara a la muerte. Con paciencia se gestan los compases finales que reúnen, como un holograma, el trueno y el sol abrasador, la firme resolución, la vida, la muerte y el renacimiento. Conocer la muerte es comprender la vida. Y renacer. En este punto se hizo más que real ese voto instintivo que hice algún día a mediados de 2016: si para contribuir a solucionar la crisis ambiental necesito alcanzar la Iluminación, entonces emprenderé el camino. En el tercer movimiento, en la calma que insospechadamente se reconvierte en ímpetu, entendí el porqué de ese voto instintivo, entendí la razón fundamental por la cual es necesario alcanzar y estabilizar una visión iluminada para transformar un mundo plagado de oscuridad. 

Y anoche, después de tres años y tres movimientos sinfónicos, mi mente logró delimitar la pregunta central de la investigación, el corazón, la médula en la columna vertebral del organismo vivo que es este trabajo. Al pensar en esa pregunta, tan sencilla que se puede escribir en nueve palabras, y tan compleja que requiere todos mis esfuerzos físicos, emocionales y mentales para hallarle respuestas, de manera inevitable suenan en mi mente los primeros compases del cuarto movimiento. Más que una declaración, más que el sol abrasador y la tormenta eléctrica, más que la unidad entre la vida, la muerte y los renacimientos, más que la Visión de la Naturaleza de la Mente, más que el voto del bodhisattva y el camino a la Iluminación, es todas a la vez. Simple y profunda, compleja y concreta. Un fractal. Una pregunta fractal. Como esos primeros compases del cuarto movimiento, la pregunta engloba todo lo hecho hasta ahora y permite intuir la potencialidad de lo que viene.

Quienes han escuchado esta sinfonía, saben que el cuarto movimiento es explosivo, revolucionario, inusitado e inédito, algo que nadie veía venir y que transformó la música para siempre, un éxtasis de alegría y vida como nunca hubo ni habrá en la historia del arte, una celebración de la vida por la vida misma y todas sus maravillas. 

Hoy, día de mi cumpleaños, empieza el cuarto movimiento de la investigación. Una oda a la vida, por la vida. 



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