¿Por qué es tan difícil liberarse del ego y del apego?
¿Qué significa realmente escapar del tamas, controlar el rajas y fortalecer el sattva?
¿Por qué cuesta tanto practicar el karma yoga y trascender las gunas?
¿Por qué me tocó vivir en un mundo empecinado en impedir la meditación y desgarrar todo intento de iluminación mientras premia de forma exagerada la alienación, el individualismo, el ego y la satisfacción inmediata de los placeres efímeros?
¿Cómo puedo acallar mi mente para lanzarme a la batalla si mi batalla se pelea con ideas?
¿Por qué llora mi tercer ojo?
¿Por qué duele tanto volver a nacer?
jueves, 22 de febrero de 2018
viernes, 16 de febrero de 2018
Cuarenta noches bajo un árbol
Hola. Sí, te hablo a ti, que estás leyendo este mal texto por accidente o porque me stalkeas o porque te lo compartí o qué sé yo. El caso es que lo estás leyendo y te estoy saludando. Sé que este blog tiene pocos lectores, hay una herramienta de blogger para hacerle seguimiento a las visitas y ciertamente no son muchas, lo cual no tiene por qué ser negativo. Al contrario, sin saber quién eres, si lees este espacio te considero, de alguna manera, mi confidente. Es decir, suelo venir aquí a intentar convertir sentimientos complejos e ideas enredadas que vienen desde lo más profundo de mi ser en palabras. Así que, sea cual sea el motivo por el cual estás aquí, hola. Te voy a contar algo importante.
Estoy seguro de que conoces la historia del tipo que se fue a meditar cuarenta días y cuarenta noches bajo un árbol para intentar encontrar respuestas a las preguntas más difíciles que pasaron por su mente y que atribularon su espíritu. Bueno, de hecho son dos tipos, tal vez la misma historia, tal vez los dos pasaron por la misma experiencia o uno de los dos es un farsante -sospecho que si uno de los dos es un farsante, es aquel cuyo árbol fue un desierto-, o tal vez son la misma persona retratada de formas diferentes por la tradición oral. Como sea, un tipo se sentó a la sombra de un árbol y pasó cuarenta días (con sus noches) meditando. Estoy seguro de que conoces la historia porque nuestra cultura occidental la rememora todos los años, hasta le inventaron una palabra y ciertos rituales como el de no comer carne los viernes dentro de este lapso o marcarse una cruz en ceniza el primero de los cuarenta días. No sé si en oriente también existan rituales similares, la verdad es que no me extrañaría. En todo caso, mi miércoles de ceniza fue diferente a cualquier tradición religiosa, aunque sí fue bastante espiritual.
Me gusta mucho meditar, por si no lo sabías. A veces hasta la más ínfima de las nimiedades es capaz de ponerme en un estado de percepción y conexión espiritual profunda y blablabla, whatever. Desde que leí el Bhagavad Gita (que por cierto te lo recomiendo, deberías leerlo, tienes que leerlo, es el mejor favor que le puedes hacer a tu alma) aprendí que la meditación no requiere pagar clases de yoga ni aislarse del mundo, ni siquiera necesitas silencio ni cerrar los ojos; no hay fórmulas prefabricadas, puedes ejercitar la respiración y pronunciar el OM en perfecta quietud o en el más ajetreado de los escenarios que seas capaz de imaginar, leyendo, pensando, jugando fútbol o en hora pico en Transmilenio. ¿Cómo vas a mantenerte imperturbable si solo practicas en la quietud? ¿Cómo podrás aceptar o rechazar una idea si no la examinas con atención en tu mente y en lo que ella percibe del mundo que te rodea?
¿Alguna vez has tenido que enfrentarte a una nueva idea, una idea tan poderosa y consistente que no tienes otra alternativa más que reconocer que todo lo que creías conocer del mundo y la existencia estaba, en el mejor de los casos, incompleto? ¿Alguna vez te has visto en la necesidad de replantear todo lo que eres, toda tu visión de mundo, romper tus paradigmas y reconstruirte, reconocerte a la luz del nuevo conocimiento? ¿Alguna vez lo has vivido? Espero que sí. No solamente porque es una de las experiencias que, a mi juicio, le dan sentido a la vida misma, sino también porque si lo has vivido podrás entenderme un poco. Es que fue eso lo que me pasó el miércoles de ceniza después de mi meditación accidental, esa que empezó de la forma menos probable que puedas imaginar y aún no termina. La de antier, el día uno de cuarenta.
Quiero contarte que aún estoy bastante aturdido por lo que pasó, pues llevo bastante tiempo meditando sobre algunas preguntas difíciles que, literalmente, no me dejan dormir en las noches, atribulan mi espíritu, se volvieron una constante en mi vida; casi puedo decir que pienso en ellas desde que despierto hasta que caigo dormido e incluso en sueños puedo sentir que mi mente sigue trabajando. Mi meditación suele estar enfocada a esas preguntas y ya es un lugar común el asombrarme profundamente al encontrar aproximaciones, respuestas parciales, nuevas preguntas cada vez más complicadas, nuevos caminos y nuevos lentes para ver y entender el mundo a partir de mi práctica del yoga. Estoy aturdido porque las nuevas ideas me golpearon con una fuerza inusitada, nunca en la vida había sentido con tanta intensidad, con tanta claridad, el poder de las nuevas ideas. Fue más intenso que un viaje en LSD y si lo has probado sabrás que ese viaje es muy intenso.
Después de ese instante en el que todo fue claro, no puedo dejar de pensar en que poco a poco me estoy aproximando a las preguntas más difíciles de responder. Más que eso, de alguna forma que no puedo explicar sin recurrir a la intuición, instinto jedi, lo-que-sea, siento que encontré una ruta para seguir, una serie de ideas concretas que tienen el potencial de ser la base para nuevas ideas originales y revolucionarias en todo el sentido de la palabra, ideas que pueden cambiar para siempre la historia de la Humanidad. Siento que voy en camino de un verdadero eureka, una revelación. También parte de mí siente que voy en busca de una reafirmación o que al menos me estoy acercando a las preguntas que me pueden dar las respuestas que he estado buscando por años. Es una sensación bastante extraña.
La realidad material, el samsara, las reglas del falso mundo de ilusiones insatisfechas y sufrimiento en el que nos vemos forzados a vivir y del cual busco con ahínco una liberación, funciona de tal manera que la meditación sea un lujo, un ejercicio casi imposible de practicar. Y esto es verdad en un sentido muy pragmático en este momento de mi vida. Por cuestiones del azar y del camino que escogí (o encontré) cuando empecé a hacerme preguntas difíciles, puedo darme el privilegio de elegir qué hacer con mi vida y mi fuerza espiritual por... aproximadamente... cuarenta días más. Después de esos cuarenta días el samsara golpeará fuerte con el martillo kármico y me cobrará el costo de haber pasado tanto tiempo en meditación y yoga cuando el sistema imperante exige exactamente lo contrario a la meditación: la alienación. Es un costo alto. Lo sé.
He tomado una decisión. Una decisión arriesgada, un salto al vacío sin certeza alguna, uno de esos caminos que tan acostumbrado estoy a recorrer. Pienso aprovechar esos cuarenta días de libertad espiritual en meditación. Pretendo ir hasta el final de esta exploración. Leer todo lo que sea necesario leer, aprender todo lo que sea necesario aprender, replantear, imaginar, meditar en las nuevas ideas arrolladoras, todo lo que sea necesario. Nikola Tesla decía que antes de pasar al laboratorio evaluaba profundamente sus nuevas ideas revolucionarias en su mente, el mejor de los laboratorios. Así que he decidido pasar cuarenta días en el laboratorio de mi mente, cuarenta días dedicados a evaluar la consistencia de esas ideas nuevas y revolucionarias que me golpearon con la fuerza de una tormenta eléctrica. Cuarenta días haciendo preguntas difíciles y viendo el mundo con mis nuevos ojos. Quiero que después de estos cuarenta días llegue el acostumbrado viaje de semana santa con algunas de mis almas más cercanas, levantarme triunfante de la sombra de mi árbol con respuestas, o al menos con preguntas más significativas y una porción del camino ya recorrido, perspectivas más claras. Nuevos árboles vendrán.
Haciendo honor a la verdad y al autoconocimiento, te cuento que mi mente suele funcionar mejor por las noches. Así que serán cuarenta noches bajo un árbol. Que después pase lo que tenga que pasar.
---
PD: Haciendo honor a la verdad y al autoconocimiento, debo decir que quise escribir este texto desde el día uno, el miércoles, pero el miércoles estaba aún en trance. Cuando logré salir del viaje (por llamarlo de algún modo), mi cerebro estaba tan cansado o incluso más que después de un viaje en LSD, además me sentía tan aturdido que de ninguna forma habría podido expresar con palabras todo lo que estaba sucediendo en mi interior. Lo sé porque lo intenté y ni siquiera logré escribir una palabra. Hoy es el día tres, o cuatro, si somos estrictamente rigurosos con el horario. Aún estoy aturdido pero ya pude usar palabras otra vez, ya han surgido nuevas preguntas y nuevas perspectivas. Cuarenta días son pocos, así que haré una apuesta arriesgada dándole un voto de confianza a las ideas de Biraris, saltándome el debate entre Einstein y el Modelo Estándar.
PD2: Feliz año nuevo chino te deseamos la Identidad de Euler, mi árbol y yo.
PD3: No estoy tan seguro de las ideas de Biraris y debo estar abierto a cualquier posibilidad. Se trata de algo sumamente importante.
Estoy seguro de que conoces la historia del tipo que se fue a meditar cuarenta días y cuarenta noches bajo un árbol para intentar encontrar respuestas a las preguntas más difíciles que pasaron por su mente y que atribularon su espíritu. Bueno, de hecho son dos tipos, tal vez la misma historia, tal vez los dos pasaron por la misma experiencia o uno de los dos es un farsante -sospecho que si uno de los dos es un farsante, es aquel cuyo árbol fue un desierto-, o tal vez son la misma persona retratada de formas diferentes por la tradición oral. Como sea, un tipo se sentó a la sombra de un árbol y pasó cuarenta días (con sus noches) meditando. Estoy seguro de que conoces la historia porque nuestra cultura occidental la rememora todos los años, hasta le inventaron una palabra y ciertos rituales como el de no comer carne los viernes dentro de este lapso o marcarse una cruz en ceniza el primero de los cuarenta días. No sé si en oriente también existan rituales similares, la verdad es que no me extrañaría. En todo caso, mi miércoles de ceniza fue diferente a cualquier tradición religiosa, aunque sí fue bastante espiritual.
Me gusta mucho meditar, por si no lo sabías. A veces hasta la más ínfima de las nimiedades es capaz de ponerme en un estado de percepción y conexión espiritual profunda y blablabla, whatever. Desde que leí el Bhagavad Gita (que por cierto te lo recomiendo, deberías leerlo, tienes que leerlo, es el mejor favor que le puedes hacer a tu alma) aprendí que la meditación no requiere pagar clases de yoga ni aislarse del mundo, ni siquiera necesitas silencio ni cerrar los ojos; no hay fórmulas prefabricadas, puedes ejercitar la respiración y pronunciar el OM en perfecta quietud o en el más ajetreado de los escenarios que seas capaz de imaginar, leyendo, pensando, jugando fútbol o en hora pico en Transmilenio. ¿Cómo vas a mantenerte imperturbable si solo practicas en la quietud? ¿Cómo podrás aceptar o rechazar una idea si no la examinas con atención en tu mente y en lo que ella percibe del mundo que te rodea?
¿Alguna vez has tenido que enfrentarte a una nueva idea, una idea tan poderosa y consistente que no tienes otra alternativa más que reconocer que todo lo que creías conocer del mundo y la existencia estaba, en el mejor de los casos, incompleto? ¿Alguna vez te has visto en la necesidad de replantear todo lo que eres, toda tu visión de mundo, romper tus paradigmas y reconstruirte, reconocerte a la luz del nuevo conocimiento? ¿Alguna vez lo has vivido? Espero que sí. No solamente porque es una de las experiencias que, a mi juicio, le dan sentido a la vida misma, sino también porque si lo has vivido podrás entenderme un poco. Es que fue eso lo que me pasó el miércoles de ceniza después de mi meditación accidental, esa que empezó de la forma menos probable que puedas imaginar y aún no termina. La de antier, el día uno de cuarenta.
Quiero contarte que aún estoy bastante aturdido por lo que pasó, pues llevo bastante tiempo meditando sobre algunas preguntas difíciles que, literalmente, no me dejan dormir en las noches, atribulan mi espíritu, se volvieron una constante en mi vida; casi puedo decir que pienso en ellas desde que despierto hasta que caigo dormido e incluso en sueños puedo sentir que mi mente sigue trabajando. Mi meditación suele estar enfocada a esas preguntas y ya es un lugar común el asombrarme profundamente al encontrar aproximaciones, respuestas parciales, nuevas preguntas cada vez más complicadas, nuevos caminos y nuevos lentes para ver y entender el mundo a partir de mi práctica del yoga. Estoy aturdido porque las nuevas ideas me golpearon con una fuerza inusitada, nunca en la vida había sentido con tanta intensidad, con tanta claridad, el poder de las nuevas ideas. Fue más intenso que un viaje en LSD y si lo has probado sabrás que ese viaje es muy intenso.
Después de ese instante en el que todo fue claro, no puedo dejar de pensar en que poco a poco me estoy aproximando a las preguntas más difíciles de responder. Más que eso, de alguna forma que no puedo explicar sin recurrir a la intuición, instinto jedi, lo-que-sea, siento que encontré una ruta para seguir, una serie de ideas concretas que tienen el potencial de ser la base para nuevas ideas originales y revolucionarias en todo el sentido de la palabra, ideas que pueden cambiar para siempre la historia de la Humanidad. Siento que voy en camino de un verdadero eureka, una revelación. También parte de mí siente que voy en busca de una reafirmación o que al menos me estoy acercando a las preguntas que me pueden dar las respuestas que he estado buscando por años. Es una sensación bastante extraña.
La realidad material, el samsara, las reglas del falso mundo de ilusiones insatisfechas y sufrimiento en el que nos vemos forzados a vivir y del cual busco con ahínco una liberación, funciona de tal manera que la meditación sea un lujo, un ejercicio casi imposible de practicar. Y esto es verdad en un sentido muy pragmático en este momento de mi vida. Por cuestiones del azar y del camino que escogí (o encontré) cuando empecé a hacerme preguntas difíciles, puedo darme el privilegio de elegir qué hacer con mi vida y mi fuerza espiritual por... aproximadamente... cuarenta días más. Después de esos cuarenta días el samsara golpeará fuerte con el martillo kármico y me cobrará el costo de haber pasado tanto tiempo en meditación y yoga cuando el sistema imperante exige exactamente lo contrario a la meditación: la alienación. Es un costo alto. Lo sé.
He tomado una decisión. Una decisión arriesgada, un salto al vacío sin certeza alguna, uno de esos caminos que tan acostumbrado estoy a recorrer. Pienso aprovechar esos cuarenta días de libertad espiritual en meditación. Pretendo ir hasta el final de esta exploración. Leer todo lo que sea necesario leer, aprender todo lo que sea necesario aprender, replantear, imaginar, meditar en las nuevas ideas arrolladoras, todo lo que sea necesario. Nikola Tesla decía que antes de pasar al laboratorio evaluaba profundamente sus nuevas ideas revolucionarias en su mente, el mejor de los laboratorios. Así que he decidido pasar cuarenta días en el laboratorio de mi mente, cuarenta días dedicados a evaluar la consistencia de esas ideas nuevas y revolucionarias que me golpearon con la fuerza de una tormenta eléctrica. Cuarenta días haciendo preguntas difíciles y viendo el mundo con mis nuevos ojos. Quiero que después de estos cuarenta días llegue el acostumbrado viaje de semana santa con algunas de mis almas más cercanas, levantarme triunfante de la sombra de mi árbol con respuestas, o al menos con preguntas más significativas y una porción del camino ya recorrido, perspectivas más claras. Nuevos árboles vendrán.
Haciendo honor a la verdad y al autoconocimiento, te cuento que mi mente suele funcionar mejor por las noches. Así que serán cuarenta noches bajo un árbol. Que después pase lo que tenga que pasar.
---
PD: Haciendo honor a la verdad y al autoconocimiento, debo decir que quise escribir este texto desde el día uno, el miércoles, pero el miércoles estaba aún en trance. Cuando logré salir del viaje (por llamarlo de algún modo), mi cerebro estaba tan cansado o incluso más que después de un viaje en LSD, además me sentía tan aturdido que de ninguna forma habría podido expresar con palabras todo lo que estaba sucediendo en mi interior. Lo sé porque lo intenté y ni siquiera logré escribir una palabra. Hoy es el día tres, o cuatro, si somos estrictamente rigurosos con el horario. Aún estoy aturdido pero ya pude usar palabras otra vez, ya han surgido nuevas preguntas y nuevas perspectivas. Cuarenta días son pocos, así que haré una apuesta arriesgada dándole un voto de confianza a las ideas de Biraris, saltándome el debate entre Einstein y el Modelo Estándar.
PD2: Feliz año nuevo chino te deseamos la Identidad de Euler, mi árbol y yo.
PD3: No estoy tan seguro de las ideas de Biraris y debo estar abierto a cualquier posibilidad. Se trata de algo sumamente importante.
jueves, 8 de febrero de 2018
Sacarle fuego a la tecla
Voy a divagar un poco antes de ser directo, antes de atacar(me) con honestidad brutal y plasmar con la mayor fidelidad posible en este, mi bien querido blog bazofia, aquello que me inquieta y, por qué no decirlo, me paraliza. De todas formas, es mi espacio y aquí hablo de lo que me dé la gana y como me dé la gana. Ni siquiera tengo que ser riguroso en formas y formalismos, puedo escribir con gramática atropellada y las ideas pueden estar entremezcladas, a borbotones, a trompicones, trompadas, a lo bestia, bruto, animal, no soy Rimbaud ni quiero serlo, no pretendo que este texto sea una prístina obra artística aunque igual estoy convencido de que la honestidad brutal es arte en sí misma.
En este momento particular de mi vida siento que tengo tantas ideas que se confunden unas con otras, se mezclan, pelean por salir de mi mente, pelean por un lugar en una hoja en blanco, en una hoja de excel, pelean por convertirse en una ecuación o en una novela, pelean entre sí y contra mí mismo, pelean por ser la primera, por ser la última, pelean por ser mi esfuerzo en la mañana, tarde y noche, por tener prioridad hoy o mañana, tal vez en un mes o dentro de tres años; todas son importantes, todas son buenas ideas (o al menos eso me gusta pensar) pero se niegan a evolucionar, no quieren salir, o mejor, quieren salir todas a la vez y están todas trancadas en la puerta. Cada idea nueva se mezcla con todas las demás y pierdo el control... ¿acaso uno tiene el control o solo se trata de una ilusión del samsara? De lo que sí estoy seguro, porque lo estoy viviendo, es que incluso teniendo claridad existen dudas. La claridad es una ilusión.
¿Cuál es la prioridad? ¿El plan a cinco años? ¿Y cuál es el primer paso? ¿Hacer una lista de todos los demás pasos? ¿Conseguir una fuente de ingresos? Y si no me quiero vender al mercado laboral, ¿cómo salvo esa contradicción? Por ahora tengo que terminar la publicación de Economía Ecológica, se supone que si lo logro, en quince días podré alejarme un poquito del cliché del inventor escritor muerto de hambre en el que lentamente me convertí. Nada es un cliché cuando te pasa a ti y para clichés, el de tener cuidado con lo que uno desea porque puede hacerse realidad. No estoy haciendo honor a la verdad pues muerto de hambre no estoy, pero tampoco tengo dinero para tomarme una pola mañana. En quince días sí habrá para pola y podré liberarme de una prioridad inmediata y bastante molesta, por cierto. Pero vendrá otra confusión.
¿Qué debería hacer? ¿Debería venderme una última vez para hacer que mi hoja de vida sea más atractiva? Pero las hojas de vida son solo las etiquetas con las que uno sale a venderse al mejor postor, o más bien debería decir, al postor que se digne a alquilar, a alienar. Me entiendo a mí mismo como a un alienígena, pero no soy un alienígena de mí mismo, no sirvo para alienarme. Soy un alienígena en el sentido de que siento que soy ajeno a este sistema en el que me veo forzado a venderme cual si fuera un pedazo de carne. No, no debería venderme. ¿O sí? ¿A quién? ¿Crear empresa, tal vez? ¿No sería la misma contradicción, desde otro punto de vista? ¿Alienarme al capital y alienar a otras personas? ¿Vale aquí el fin que justifica los medios? Sé muy bien cuál es ese fin. Cuando elegí el camino del bodhisattva supe que debía volver al samsara pues no existe liberación individual, no hay iluminación para uno solo. No en este mundo fetichista del deseo, del consumo, de la mercancía. ¿El Vichada? ¿Aún tengo posibilidades en ese proyecto? Hace tanto que no avanzamos, hace tanto que no hablamos, no fui el único que desapareció. ¿Es conveniente hacerlo ya? ¿Esta es la oportunidad de mi vida? ¿Qué significa eso? ¿Debería tomarla o lo mejor es dejarla pasar? ¿Qué debería hacer?
¿Las ecuaciones? ¿Cuánto tiempo tardaré en darle forma a mi intento de teoría económica-ecológica alternativa? ¿Es una quimera lo que estoy intentando? Los expertos en capitalismo se la pasan repitiéndome que sí, que es una quimera, que el ser humano es tal cual como lo retrataron los economistas clásicos y que no hay ninguna alternativa para esta especie, que el mercado es la cúspide de las instituciones humanas, que es inevitable la catástrofe porque los humanos no podrán evolucionar. Según ellos, no hay alternativa. Pero los papers de Zhang y Wang, lo que escribió Dasari, las 20 hipótesis de Patten, el costo exergético de Naredo, las nociones de complejidad de Capra, Lotka y Volterra, el gran Georgescu-Roegen, los Odum, Holling, Biraris... todos ellos me incitan a continuar, a intentarlo; todos ellos me han dado ya las fichas del rompecabezas. Pienso en Maxwell, en Faraday, en Einstein y en sus rompecabezas. ¿Tiene sentido intentar plantear una nueva economía a partir de la dinámica de los ecosistemas? ¿Cuánto tiempo tardaré? ¿Por dónde empiezo a armarlo? ¿Qué tendré que sacrificar? Ayer, Riechmann me empujó a entender una gran idea que me ayuda a conectar a Patten con Zhang-Wang, con Dasari, con Faraday... con los árboles y los imanes. El demonio de Maxwell quiere entrar allí y necesito aprender sobre teoría de la información, también necesito repasar a Biraris. Es una tarea abrumadora. Pero si tengo una certeza en todo este mar de dudas al que bien o mal he hecho en llamar "claridad" es que sí se puede, sí es posible una integración de la ecología y la economía humana, aunque esto requiera replantear los conceptos fundacionales de la economía actual, viciada. No puedo dejar de pensar en ello. Llevo tres años de mi vida en esto. ¿Tengo algún rol en esta titánica tarea o Zhang y Wang tienen la última palabra? Si los entendí bien, ellos solo hacen generalizaciones, muy buenas. Aún falta conectar a Naredo, aún nadie ha hablado de emergía, exergía, ni del ciclo adaptativo. Sospecho que la llave está en el ciclo adaptativo, en Lotka y en Phi. Quizás estoy mucho más cerca de lo que creo de un avance significativo. Quizás no. Solo hay una forma de saberlo. ¿Las ecuaciones?
¿La novela? Lleva cinco años conmigo esta novela y no puede pasar este año sin terminarla. ¿Será que será como la tesis de la maestría, un paso necesario para poder liberar mi mente y dedicarla al plan de cinco años? Tengo claro que debo terminarla, ya he diseccionado tanto el plan macabro del invasor que no convertirlo en literatura sería el mayor de los desperdicios de talento y esfuerzo que haya hecho en mi vida. Es claro. Debo terminarla. Es tan claro como que venir a escribir terriblemente mal en este blog bazofia es también un entrenamiento para escribirla bien. ¿Pero qué es escribirla bien? ¿Qué límites debería darle a mi perfeccionismo? Quiero que salga muy bien, quiero verla publicada, quiero ver la polémica que generará. ¿Lo lograré? Espero que sí, pero solo hay una forma de saberlo. Organizar mi tiempo para tantas ideas está siendo un reto mucho más complejo de lo que imaginé. ¿Será así con todo lo demás?
El propósito de este mal texto, atropellado, a lo bestia, es uno solo. Quiero organizar este caos, quiero sistematizar un método para convertir estas ideas en algo más, en algo tangible. El plan de cinco años lo exige y de alguna forma también tengo claro que la respuesta a todas estas preguntas viene con una condición sine qua non, la cual ya empecé a satisfacer, precisamente con este texto.
Tengo que sacarle fuego a la tecla.
En este momento particular de mi vida siento que tengo tantas ideas que se confunden unas con otras, se mezclan, pelean por salir de mi mente, pelean por un lugar en una hoja en blanco, en una hoja de excel, pelean por convertirse en una ecuación o en una novela, pelean entre sí y contra mí mismo, pelean por ser la primera, por ser la última, pelean por ser mi esfuerzo en la mañana, tarde y noche, por tener prioridad hoy o mañana, tal vez en un mes o dentro de tres años; todas son importantes, todas son buenas ideas (o al menos eso me gusta pensar) pero se niegan a evolucionar, no quieren salir, o mejor, quieren salir todas a la vez y están todas trancadas en la puerta. Cada idea nueva se mezcla con todas las demás y pierdo el control... ¿acaso uno tiene el control o solo se trata de una ilusión del samsara? De lo que sí estoy seguro, porque lo estoy viviendo, es que incluso teniendo claridad existen dudas. La claridad es una ilusión.
¿Cuál es la prioridad? ¿El plan a cinco años? ¿Y cuál es el primer paso? ¿Hacer una lista de todos los demás pasos? ¿Conseguir una fuente de ingresos? Y si no me quiero vender al mercado laboral, ¿cómo salvo esa contradicción? Por ahora tengo que terminar la publicación de Economía Ecológica, se supone que si lo logro, en quince días podré alejarme un poquito del cliché del inventor escritor muerto de hambre en el que lentamente me convertí. Nada es un cliché cuando te pasa a ti y para clichés, el de tener cuidado con lo que uno desea porque puede hacerse realidad. No estoy haciendo honor a la verdad pues muerto de hambre no estoy, pero tampoco tengo dinero para tomarme una pola mañana. En quince días sí habrá para pola y podré liberarme de una prioridad inmediata y bastante molesta, por cierto. Pero vendrá otra confusión.
¿Qué debería hacer? ¿Debería venderme una última vez para hacer que mi hoja de vida sea más atractiva? Pero las hojas de vida son solo las etiquetas con las que uno sale a venderse al mejor postor, o más bien debería decir, al postor que se digne a alquilar, a alienar. Me entiendo a mí mismo como a un alienígena, pero no soy un alienígena de mí mismo, no sirvo para alienarme. Soy un alienígena en el sentido de que siento que soy ajeno a este sistema en el que me veo forzado a venderme cual si fuera un pedazo de carne. No, no debería venderme. ¿O sí? ¿A quién? ¿Crear empresa, tal vez? ¿No sería la misma contradicción, desde otro punto de vista? ¿Alienarme al capital y alienar a otras personas? ¿Vale aquí el fin que justifica los medios? Sé muy bien cuál es ese fin. Cuando elegí el camino del bodhisattva supe que debía volver al samsara pues no existe liberación individual, no hay iluminación para uno solo. No en este mundo fetichista del deseo, del consumo, de la mercancía. ¿El Vichada? ¿Aún tengo posibilidades en ese proyecto? Hace tanto que no avanzamos, hace tanto que no hablamos, no fui el único que desapareció. ¿Es conveniente hacerlo ya? ¿Esta es la oportunidad de mi vida? ¿Qué significa eso? ¿Debería tomarla o lo mejor es dejarla pasar? ¿Qué debería hacer?
¿Las ecuaciones? ¿Cuánto tiempo tardaré en darle forma a mi intento de teoría económica-ecológica alternativa? ¿Es una quimera lo que estoy intentando? Los expertos en capitalismo se la pasan repitiéndome que sí, que es una quimera, que el ser humano es tal cual como lo retrataron los economistas clásicos y que no hay ninguna alternativa para esta especie, que el mercado es la cúspide de las instituciones humanas, que es inevitable la catástrofe porque los humanos no podrán evolucionar. Según ellos, no hay alternativa. Pero los papers de Zhang y Wang, lo que escribió Dasari, las 20 hipótesis de Patten, el costo exergético de Naredo, las nociones de complejidad de Capra, Lotka y Volterra, el gran Georgescu-Roegen, los Odum, Holling, Biraris... todos ellos me incitan a continuar, a intentarlo; todos ellos me han dado ya las fichas del rompecabezas. Pienso en Maxwell, en Faraday, en Einstein y en sus rompecabezas. ¿Tiene sentido intentar plantear una nueva economía a partir de la dinámica de los ecosistemas? ¿Cuánto tiempo tardaré? ¿Por dónde empiezo a armarlo? ¿Qué tendré que sacrificar? Ayer, Riechmann me empujó a entender una gran idea que me ayuda a conectar a Patten con Zhang-Wang, con Dasari, con Faraday... con los árboles y los imanes. El demonio de Maxwell quiere entrar allí y necesito aprender sobre teoría de la información, también necesito repasar a Biraris. Es una tarea abrumadora. Pero si tengo una certeza en todo este mar de dudas al que bien o mal he hecho en llamar "claridad" es que sí se puede, sí es posible una integración de la ecología y la economía humana, aunque esto requiera replantear los conceptos fundacionales de la economía actual, viciada. No puedo dejar de pensar en ello. Llevo tres años de mi vida en esto. ¿Tengo algún rol en esta titánica tarea o Zhang y Wang tienen la última palabra? Si los entendí bien, ellos solo hacen generalizaciones, muy buenas. Aún falta conectar a Naredo, aún nadie ha hablado de emergía, exergía, ni del ciclo adaptativo. Sospecho que la llave está en el ciclo adaptativo, en Lotka y en Phi. Quizás estoy mucho más cerca de lo que creo de un avance significativo. Quizás no. Solo hay una forma de saberlo. ¿Las ecuaciones?
¿La novela? Lleva cinco años conmigo esta novela y no puede pasar este año sin terminarla. ¿Será que será como la tesis de la maestría, un paso necesario para poder liberar mi mente y dedicarla al plan de cinco años? Tengo claro que debo terminarla, ya he diseccionado tanto el plan macabro del invasor que no convertirlo en literatura sería el mayor de los desperdicios de talento y esfuerzo que haya hecho en mi vida. Es claro. Debo terminarla. Es tan claro como que venir a escribir terriblemente mal en este blog bazofia es también un entrenamiento para escribirla bien. ¿Pero qué es escribirla bien? ¿Qué límites debería darle a mi perfeccionismo? Quiero que salga muy bien, quiero verla publicada, quiero ver la polémica que generará. ¿Lo lograré? Espero que sí, pero solo hay una forma de saberlo. Organizar mi tiempo para tantas ideas está siendo un reto mucho más complejo de lo que imaginé. ¿Será así con todo lo demás?
El propósito de este mal texto, atropellado, a lo bestia, es uno solo. Quiero organizar este caos, quiero sistematizar un método para convertir estas ideas en algo más, en algo tangible. El plan de cinco años lo exige y de alguna forma también tengo claro que la respuesta a todas estas preguntas viene con una condición sine qua non, la cual ya empecé a satisfacer, precisamente con este texto.
Tengo que sacarle fuego a la tecla.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)