miércoles, 24 de enero de 2018

El Demonio de Maxwell

No me da vergüenza admitir que las ecuaciones me intimidan. No las simples, las que uno ve en el colegio, esas son fáciles de entender y nadie necesita memorizar una ecuación si entiende un concepto. Pero después de un tiempo en la formación de cualquier estudiante de ciencias exactas o ingenierías, llegan expresiones más complejas, conceptos abstractos que se intentan volver concretos y que demandan un esfuerzo adicional de la imaginación para ser entendidas; a veces el esfuerzo adicional se convierte en titánico, en tarea casi imposible. Perder materias como Cálculo Multivariable, Ecuaciones Diferenciales, Física de Ondas o Modelado Matemático es un cliché en nuestro medio. Soy enemigo de la memorización por el simple hecho de memorizar, esa técnica funciona si lo único que uno quiere es pasar el parcial. A los tres días uno olvida las ecuaciones que memorizó y los conceptos, con mucha suerte, logran sobrevivir como vaguedades perdidas entre las lejanas brumas de los recuerdos. A veces el alcohol acelera el proceso de olvidar. De memorizar una ecuación o una técnica matemática para olvidarla tres días después, a ser un loro que repite sonidos sin saber qué significan, pues no es que haya mucha diferencia.

También es un cliché para los estudiantes de Ingeniería que el acto de recibir el cartón y el título profesional sea la ceremonia de liberación definitiva del terror de las ecuaciones y los parciales. El "mundo real", como muchos suelen llamarlo (odio que lo llamen así) no necesita tanto de teorías ni ecuaciones pero sí de soluciones prácticas, de innovación y de utilidades. Principalmente de utilidades. Nada más que utilidades. La rueda ya se la inventaron y lo único que necesita el ingeniero es copiar su diseño y convertirlo en dinero para alguien más. Y si por azar del destino y si Excel lo ha consumido lo suficiente, el ingeniero duda que el área de un círculo es pi por radio al cuadrado, pues siempre está Google para recordárselo. Y de nuevo está Excel para memorizar lo que el profesional no quiere. Si hablamos de algo más complejo, pues venga, que existe Wolfram Alpha, Mathematica, R, calculadoras de todo tipo que te solucionan integrales que nunca en la puta vida habrías podido solucionar en un parcial. No soy enemigo de Wolfram Alpha, solo siento que el modelo educativo avanza a paso de mula en medio de un circuito de Fórmula 1. La educación básica y la del pregrado, claro está, la que es servil al "mundo real". La investigación es otro mundo. A veces.

Soy enemigo del "mundo real". Esa expresión tremendamente estúpida significa "el mundo construido por el capitalismo, el mundo de consumo donde las ideas nuevas no tienen ningún lugar, a menos que puedan ser traducidas en jugosas utilidades para los todopoderosos inversionistas". Detesto eso y llegué a detestar la Ingeniería por eso. Quise ser Ingeniero Industrial por una insaciable curiosidad y el impulso de querer saber cómo se hacen las cosas que nos rodean, cómo llegan a nuestras manos, qué pasa cuando las soltamos, a dónde van a parar y cómo se coordina todo el proceso. Una especie de ecología a escala social, le dije hoy a la recién conocida. Cuando recibí mi diploma y mis papás lloraron de orgullo porque su hijo era un Ingeniero Industrial de la mejor universidad del país, yo lloré al comprender que todo, absolutamente todo en el proceso de fabricar lo que nos rodea, ponerlo en nuestras manos y desaparecerlo de nuestra vista cuando ya no queremos verlo, está mal, está podrido hasta la médula. El "mundo real" es un mundo construido sobre mentiras, dolor y sufrimiento. Aprendí que el "mundo real" exige una sumisión religiosa y sin cuestionamientos al Dios Capital, a sus iglesias del consumo y a sus rituales, a pagar por breves y efímeros segundos de un paraíso fabricado, falso, podrido, con la moneda de una eternidad en el infierno. Venderle el alma al diablo es un cliché. Pero nada es un cliché cuando eres tú quien está firmando el contrato.

Después de mucho analizar la cuestión, días, semanas, meses, años... he llegado a la conclusión de que cualquier intento de limpiar toda la podredumbre que nos rodea, de derrumbar el castillo de mentiras que llamamos "mundo real", necesita sí o sí de varias ecuaciones de esas que no me da pena admitir que me intimidan. De esas que ni siquiera existen aún. Discursos y palabras se han dicho bastantes ya, algunas más sensatas que otras, pero se han dicho bastantes. Ecuaciones, ninguna. La mentira fundamental que le dio tanto poder al arquitecto del dolor que carcome este mundo real, el verdadero mundo real, es una ecuación. Bueno, de hecho, dos ecuaciones muy simples y un concepto incuestionable, la mentira que todos debemos tragarnos y amar como si fuera una verdad absoluta, el traje nuevo del Emperador que todos nos vemos obligados a contemplar y admirar aun sabiendo que no está ahí. Las peores armas que ha construido el ser humano, los jinetes del Apocalipsis cabalgan en defensa de la mentira escondida en dos ecuaciones y un concepto hoy por hoy incuestionable. Los discursos desmienten discursos y esta tarea ya se ha hecho varias veces, pero nadie ha desmentido las falsas ecuaciones con más ecuaciones. A un demonio solo lo vence otro demonio y el corazón del demonio a derrotar es un par de ecuaciones bailando en eterno y falso equilibrio, pues el único equilibrio en los sistemas termodinámicos se alcanza al final, en la muerte. Los discursos son la piel y los músculos, las ecuaciones son el corazón.

El demonio entrópico del equilibrio termodinámico puede ser derrotado por el demonio de Maxwell. La información, bien entendida, puede revertir la entropía. No la simple memorización, sino la comprensión. Tal vez... En todo caso, considero que no hay más alternativa y el tiempo se agota, el "mundo real" está destruyendo la vida en el planeta real. La vida en sí misma es un proceso antientrópico. Quiero intentar un golpe directo al corazón del demonio entrópico... Así que empezaré a explorar sus debilidades desde las ecuaciones de Maxwell y veré a dónde me llevan. No me importa si al principio me intimidan, no me da vergüenza admitirlo. He pasado los últimos años de mi vida intentando entender los conceptos que justifican esta exploración, este viaje, mi viaje, mi salto a lo desconocido, un salto que ya di sin darme cuenta, el viaje que me llevará a la Luna, los planetas y las estrellas distantes. Mejor las estrellas distantes que el infierno del consumo, no volveré a venderle mi alma al diablo. Y si para evitar venderle mi alma al diablo necesito crear al Demonio de Maxwell... ¡pues que así sea!

Este texto es una declaración.

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