jueves, 22 de marzo de 2018

Decisiones estúpidas

Han pasado muchas cosas en estos últimos treinta y siete días de cuarenta bajo un árbol. En realidad parece como si poco o nada hubiera cambiado, pero pensar eso solamente daría cuenta de una mirada superficial y minimalista del asunto. La procesión no siempre va por fuera, dicen varias canciones, casi todas argentinas. La procesión no siempre va por fuera, parece ser un aforismo popular en la Argentina, la Argentina que algún día espero conocer. Parece que de todas formas primero conoceré Brasil, si es que me aceptan la ponencia. Sería fenomenal que la aceptaran. Me iría a Brasil a hablar de epistemología de la Economía Ecológica, uno de los temas que han devorado mi cerebro durante el último año. Sería fenomenal.

Esa fue la divagación usual en todas mis entradas de blog en este, mi bien querido, mi bienamino blog bazofia.

La verdad es que he esperado mucho tiempo el momento en el que todas las decisiones estúpidas que he tomado en el pasado rindan frutos. Una eternidad esperé este instante y no lo dejaré deslizar en recuerdos quietos ni en balas rasantes que matan. En la práctica del yoga es fundamental renunciar a las recompensas, o al menos al deseo de recompensas. Soy un poco pecador en ese aspecto, aún deseo una recompensa. Un cartón que diga "Magíster" parece suficiente, es de hecho la recompensa natural e inevitable por la primera decisión estúpida que trajo todas las demás decisiones estúpidas como agua que cae de una cascada sin poder evadir a la gravedad. La evasión de la gravedad vendrá después, querida agua, ten paciencia y deja fluir la energía que eventualmente te hará elevar.

Eso es lo que quiero. La evasión de la gravedad. Ya caí suficiente y el constante flujo de energía hace hervir mi alma; es hora de volver a volar. Es tiempo de hacer que los pretendidos errores se revelen a sí mismos como lo que son, o al menos como los entendí desde el principio, grandes riesgos inevitables, sacrificios necesarios, la sangre en las manos del guerrero que alcanza la gloria en su épica batalla.

Tal vez lo que quiero en realidad no es tanto un cartón ni un reconocimiento ni evadir la gravedad ni elevarme, tal vez lo único que quiero es comprensión, que alguien me entienda. Ni siquiera eso, debo admitir que parte de mí disfruta mucho ostentar un cierto carácter enigmático e incomprensible. Este es el espacio para la honestidad brutal y traicionaría todos mis principios, todo lo que soy, si no soy brutalmente honesto conmigo mismo. Ni contigo que por azar o por decisión estúpida estás leyendo. Lo que quiero es entender. Todo lo demás vendrá por añadidura, reza el cliché de los que rezan. Solo quiero entender. Treinta y siete días bajo un árbol me han acercado bastante a algo parecido a la comprensión. Aunque lejos de entender, solo tengo preguntas nuevas, mucho más trascendentales, pero al fin y al cabo preguntas.

¿En qué se parecen un árbol, un río, el rayo de luz en medio de una tormenta eléctrica, un imán, la ruta que recorre el aire en mis pulmones, el gato de Schrödinger, un ecosistema y la identidad de Euler? ¿Tiene acaso algún sentido esa pregunta?

Aún no he terminado la publicación sobre las bases epistemológicas de la Economía Ecológica, aunque ya casi. Me ha costado mucho esa publicación. Mucho más de lo que cualquiera pueda imaginar. Mucho más.

Debo admitir que, desde que me senté a la sombra de mi árbol, la meditación, la imaginación, las nuevas ideas que me han aturdido como un rayo que cae directo al hipotálamo y que han cambiado para siempre mi visión y mi forma de entender el mundo, todo la procesión que no siempre va por fuera, han retrasado esa publicación y la han convertido en un reto increíble, gigantesco. Curiosa coincidencia que lo más probable sea terminarla el día cuarenta de cuarenta. Después podré disfrutar con indescriptible satisfacción la recompensa, que no será una felicitación ni un salario ni salir de deudas, ni siquiera el viaje que tanto ansío, ni el nuevo trabajo que empezaré después de viajar, ni el tatuaje que llevo posponiendo desde hace cuatro años a la espera del momento glorioso que amerite una marca vitalicia en mi piel, ni siquiera el cartón que persigo con inquebrantable determinación desde que se jugó el último Mundial (bueno, más que el cartón, persigo lo que significa, es evidente).

La recompensa será tener el privilegio de leer un libro*. Un libro que con seguridad no habría podido entender en su magnificencia ni en su complejidad de no haber transitado el tortuoso camino que me ha traído hasta este punto, el camino que he amado desde el primer paso, el que elegí, la mejor decisión estúpida que he tomado. Desde ya sospecho que ese libro cambiará mi vida para siempre, una vez más, tal vez con más fuerza que la de todos los libros y eventos que ya han cambiado mi vida para siempre. Con suerte, cambiará algunas cuantas vidas más, cambiaré, cambiaremos.

Se jugará un nuevo Mundial, emprenderé un nuevo viaje y volveré a tomar muchas decisiones estúpidas, riesgos inevitables, sacrificios necesarios, la sangre en las manos del guerrero ante la más épica de sus batallas hasta ahora, el precio que debe ser pagado a cambio de nuevas preguntas, preguntas más trascendentales.

Han pasado muchas cosas en estos últimos treinta y siete días de cuarenta bajo un árbol.

*La ley de la Entropía y el proceso económico - Nicholas Georgescu-Roegen. 1971.