Casandra era una mujer hermosa, de esas con las que los mismos dioses fantasean. Cuentan que el mismísimo Apolo le ofrendó como regalo un extraordinario talento para la profecía a cambio de su mano. Casandra, sin embargo, traicionó a su prometido. Apolo la castigó llevándose para siempre su don de la persuasión. Podría predecir el futuro con notable precisión, pero igual nadie tomaría jamás en serio una sola palabra suya. Ella acertó al vaticinar la caída de Troya, vio en el futuro los arqueros, las espadas y el fuego brotando como sangre del caballo de madera, pero la maldición de Apolo lo fue también para la gran ciudad de las murallas inexpugnables. A Casandra nadie le creyó, el resto es historia.
Si vivir es fácil con los ojos
cerrados, como solía decir el hippie más famoso de la historia, tenerlos
abiertos ha de ser, en el mejor de los casos, una suerte de condena. Los ojos abiertos
duelen. Al mundo actual no le gusta admitir que está jodido hasta la mierda, que tiene el corazón podrido y que, incluso con toda la fuerza con la que esta pueda brillar, su buena estrella no hará diferencia en la oscura noche que le espera. El mundo desvía la mirada, mantiene gacha la cabeza y, cuando no tiene más alternativa, junta los párpados y aprieta fuerte.
Abrirlos es un proceso largo, complejo, difícil, desalentador. Pero una vez abiertos, no puedes cerrarlos más. Tienes que pagar tu condena autoinflingida, el conocimiento tiene un precio. Los expulsados del Edén saben esto mejor que nadie.
A nadie le gusta ser agorero del apocalipsis, le dije hace poco a una amiga. Lo sé, pero es el trabajo sucio y hay que hacerlo, respondió. Y tiene razón. Si los científicos locos que tanto me agradan y si los autores de ciencia ficción que tanto leo, aún más locos que los primeros, no hubieran dedicado parte de su tiempo a hacer el trabajo sucio, seguramente yo no estaría pensando en Casandra ni en la larga noche que nos espera detrás de este, el hermoso atardecer que el mundo se rehúsa a contemplar. Estamos en el ocaso de la civilización, y es un ocaso maravilloso, pero vivir es más fácil con los ojos cerrados.
¿Qué habrá pensado Casandra al estrellar por primera vez su mirada, capaz de trascender las murallas del tiempo, con el gigantesco caballo de madera que bien conocía de sus pesadillas?
La única certeza que tengo entre mil y una incertidumbres, cual gota de agua perdida en un mar de petróleo, es que el mundo tendrá que abrir los ojos cuando el último rayo de luz se vaya y solo nos queden las tinieblas. Solo tenemos una ruta para sobrevivir a la tenebrosa noche, y es una ruta desconocida, traicionera. Es el deber de quien ya tiene los ojos abiertos dibujar los mapas, trazar la ruta, encender las antorchas, ayudar a que los ciegos voluntarios recuperen la visión y esperar que nuestra especie no se pierda en la inminente y amenazadora oscuridad.
¿Casandra, aun teniendo una imagen precisa del lúgubre porvenir, habrá logrado sobrevivir a la fatídica noche troyana? Es algo en lo que prefiero no pensar. Vivir es fácil con los ojos cerrados.