En una especie de accidente, una serendipia si se quiere, he encontrado un lugar al que puedo llamar mío.
Lejos de los relucientes edificios de cristal, de las luces de neón y las pantallas LED que le sonsacan majestuosidad a la noche, estoy rodeado de inquilinatos, casas de ladrillos baratos y tejas metálicas, cuerdas roídas por el tiempo que apenas logran sostenerse bajo el peso de las ropas de la clase trabajadora. Mis vecinos, mi familia, yo.
Una cadena de montañas me impide ver el horizonte. De todas maneras, a lo lejos puedo ver el atardecer. Hoy, y en general todas las tardes, el cielo visto desde aquí es un lienzo donde las formas y los colores más inverosímiles se combinan en inexplicables y mágicas figuras que se llevan todo el aliento que me queda después de darle una fuerte bocanada a un cigarrillo. Cada tecla que oprimo es un rayo menos de luz en el cielo, la oscuridad empieza a ganar terreno. Una a una se van encendiendo las luces de los postes y las casas que apenas puedo distinguir desde la distancia. Las observo con devoción, son nuestras estrellas artificiales, nuestras constelaciones de "progreso".
Pienso en un atardecer extraterrestre. ¿La sensación de calma que nos produce un atardecer es característica de nosotros o habrá evolucionado con miles de especies inteligentes en todo el universo? No lo sé, pero me divierte un poco la idea de estar viendo el ocaso de Sirio o de Betelgeuse en vez del de nuestro sol, viejo y familiar.
La mayor parte de mi vida ha sucedido fuera de esta casa. Por como se desenvolvieron los vaivenes de la vida, pocas veces he estado en casa a la hora del ocaso, pocas veces he tenido la oportunidad de fantasear con el crepúsculo desde mi propio hogar. Hoy, de algún modo, me siento con fortuna.
Mientras en Radiónica suena el The Division Bell de Pink Floyd, el álbum que marcó el atardecer en la carrera de una de las mejores bandas de rock de la historia, pienso en la mía, en mi propia historia; en lo que me trajo el día y lo que me aguarda en la tranquila noche. Pienso en mi futuro, en qué camino tomar. Pienso en lo que he pensado todos los días de los últimos tres años. Pienso en ella, en ellos y en todo lo demás. A veces pienso de más.
El cigarrillo se consume, al igual que otras cosas.
Recién ayer volví, después de contemplar tres atardeceres en un lugar distante, extraño y hermoso. ¿Sentirá alguien lo mismo que yo siento hoy, después de volver a su lugar tras años enteros de ausencia?
El día agoniza y el intenso naranja que me acompañaba al empezar a escribir es ahora un tenue destello de azul claro entre las montañas. Estoy de espaldas al sol, de cara a las estrellas. Sigo sentado en mi lugar, contemplando, tratando de poner en palabras la intensa batalla de pensamientos y confusión que tiene lugar dentro de mí. En pijama y chancletas, permanezco sentado en una escalera rústica a la intemperie y mirando los tejados de lata y la luz artificial de mi bombillo (en resignación del día que ya no existe más).
Pienso en el día de mañana, en la rutina, en los viajes y en los viajes, en los otros. ¿Pensarán ellos lo mismo que yo, tendrán los mismos miedos, las mismas ambiciones y el vértigo por estar viviendo sin tener idea de cómo hacerlo? ¿Se atreverán a buscar, por todos los medios, vivir la vida que quieren y no la que les tocó? Me gusta pensar que sí, que al menos en ello somos todos iguales.
Pero la verdad es que muchos ya se resignaron, otros tantos ni siquiera tuvieron que hacerlo, pues nunca pensaron que se puede vivir de otras maneras. Ya están demasiado consumidos por la cotidianidad, sus existencias son rutinas, y ellos autómatas que se olvidaron de luchar la interminable guerra entre el individuo y sus sueños contra la sociedad y las ambiciones de quienes la controlan.
De cualquier modo, la noche de domingo ya está aquí, en casa, y el álbum de Pink Floyd va a terminar. La semana tan significativa y definitoria que recién viví quedará en el recuerdo, como un paréntesis escrito en el ocaso. Ahora, solo me queda estar bien preparado para encarar el próximo amanecer y plantarme fuerte ante los huracanes de la vida real.
I knew the moment had arrived
For killing the past
And coming back to life.
domingo, 20 de abril de 2014
sábado, 19 de abril de 2014
No importa mucho, la verdad
Como muchas de las entradas en este blog, no sé de qué manera arrancar a desarrollar mi idea, así que lo haré de la forma facilista: a lo animal.
Nuestro egocentrismo es impresionante, algunos seres humanos tienen incluso el atrevimiento de asegurar que ellos son los poseedores de la verdad absoluta, revelada por gracia de alguna deidad imaginaria, como si ellos fueran menos insignificantes que otros humanos y por ello fueran merecedores de la verdad última, otorgada por los mismos creadores del todo. El asunto con las interpretaciones personales de la realidad empírica (o aquella a la que nos hemos visto enfrentados directamente) es que tienen latente la aspiración de convertirse en verdades universales. Casi como si la opinión propia fuera inmutable.
Estamos hechos todos, me refiero a todos los cuerpos con masa, de partículas sujetas a las leyes (esta vez sí inmutables) de la física cuántica. A nivel cuántico las cosas van muy diferente. Fluctuaciones de vacío, aparición y desaparición espontánea de fotones, teletransportación y emparejamiento de partículas, entre otras cosas, me hacen pensar en una invalidez casi completa del grueso de experiencias y vivencias propias al que nos atrevemos a llamar realidad.
Quiero solo citar dos ejemplos: 1) el cuerpo humano, toda la esencia, los defectos, las virtudes, la memoria, los sentimientos y la complejidad intrínseca de nuestra naturaleza es 99,999999999% espacio vacío (sin exagerar, al contrario, ahorrando cifras decimales); 2) El color es solo un mecanismo que tiene el cerebro animal para saber qué ondas de luz irradian más energía, toda vez que algo solo tiene color cuando está expuesto a la luz.
Ahora, sabemos que toda la materia de la que estamos hechos (salvo el hidrógeno) se creó en el corazón de las estrellas. Reacciones termonucleares en cuerpos increíblemente masivos generaron todos los elementos que componen la macroestructura de la materia. Dentro de unos cuatro o cinco mil millones de años nuestra propia estrella va a explotar, engullir la Tierra y con ella, muy probablemente también los átomos que conforman lo que soy, al menos materialmente. Luego, puede que en otros miles de millones de años, nazca una nueva estrella con planetas y todos esos átomos vuelvan a crear otro organismo vivo, tal vez inteligente. Ese sería un gran avance para mis átomos, pero mi esencia, yo mismo ya habré dejado de existir mucho tiempo atrás. La conciencia, la "esencia" es solo una ilusión.
Dentro de cinco mil millones de años poco importará si hoy me levanté media hora más tarde de lo habitual o si dije algo que pudo herir a una persona. El universo raya en los límites de lo infinito y lo eterno. Como humanos aún no nos hemos dado cuenta de lo insignificantes que nuestros actos han sido, son y serán. Al fin y al cabo, si todo sale según lo planeado (ejem, ejem), el universo entero morirá congelado.
Todo lo que existe en este universo es también el universo en sí. Al ser humano le gusta verse desconectado, tener su lugar especial, privilegiado. Pero si uno lo piensa bien, nuestra especie, todos nosotros estamos hechos de materia estelar y estamos sujetos a las leyes universales de la cuántica. Nosotros somos el universo.
Como decía Carl Sagan, somos la forma que tiene el universo para contemplarse y conocerse a sí mismo.
Así que, después de todo, sí existe una motivación válida para vivir, mi excusa favorita para no extraviarme en el inmenso vacío cuántico que soy, que somos, que nos rodea y nos engulle. Somos el universo. La contemplación y el disfrute de las experiencias, la adquisición de conocimiento, el intercambio de ideas, la imaginación, el amor desinteresado a todos y a todo del que hablan los hinduistas. Estas son las formas de ir desvelando poco a poco los misterios del universo y de nosotros mismos.
Y todo lo demás... Bueno, no importa mucho, la verdad.
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